04 de junio de 2017
04.06.2017

Roedores furiosos

04.06.2017 | 10:38
Roedores furiosos

Antes de que la tecnología acabara con ellas, las erratas eran frecuentes en los tiempos del papel. Como sabe todo el mundo (aunque los más jóvenes quizás no tanto) una errata era un error tipográfico que a veces cambiaba indeleblemente el sentido de una palabra o una frase, casi siempre para mejorarlas. Algunos libros las recogían al final, y en ocasiones eran tantas que tenían que editarse en un volumen adicional, como ocurrió con la obra del cardenal Bellarmine, célebre por las muchas que involuntariamente provocó.

La errata era un accidente feliz que nivelaba la alta cultura y la baja, el periódico y los folletos publicitarios, la guía telefónica y los discursos pomposos, el anonimato y la fama. Si el destino señalaba a alguien a través de una errata, no importaba si era eminente, como el cardenal, o del comercio, como aquellos hermanos López que fueron golpeados por una errata cuando decidieron anunciarse en cierto periódico que les masacró así: «Cabrones Hermanos López». Por supuesto, los López vendían carbones.

Justamente célebre es otra errata atribuida a una edición de Arroz y tartana, la novela de Blasco Ibáñez, en la que aparecía la frase más naturalista de toda su obra: «Aquella mañana doña Manuela se levantó con el coño fruncido». Blasco había escrito «ceño», pero el destino a veces es un eficaz discípulo de Zola y llega hasta los lugares más recónditos. De creer a los coleccionistas y peritos en erratas, Blasco tuvo mala suerte con ellas, pues le asediaron más allá de la muerte. Al informar de su entierro, un periódico recordó que el féretro del escritor iba «cubierto por una Señora», lo que sin duda habría sido más llamativo que ir cubierto por una Senyera, que fue lo que ocurrió.

Como sucede con los universos de las pequeñas cosas, el de las erratas también es profuso. Hay la errata eclesiástica como aquella de «el obispo padecía una encefalitis litúrgica», siendo esta «letárgica»; la errata nacionalista, «yo mamo con pasión a mi patria», que se explica sola, y la recreativa: «la señora amenazó la ceremonia cantando?», cuando solo quería amenizarla.

Hay que admitir que si las erratas son divertidas y superan en interés a los originales también forman parte de un pasado difunto y de un sentido del humor que, en general, hoy nos parece ingenuo. Porque la importancia de la errata iba unida a su condición de error definitivo, al patinazo tipográfico irreversible, a la fatalidad y a una sentimentalidad de la que estamos desconectados. En unos tiempos en que la tipografía parece un oficio, cuando se identifica, de la Edad de Piedra, la errata es un objeto melancólico, una antigualla solo apreciada por gente rara de espíritu entre poético y filatélico que quizás también fume en pipa y coleccione minucias.

Neruda, que fumaba en pipa y coleccionaba botellas, conchas y cosas, llamaba a las erratas «roedores furiosos». El poeta chileno (recitaba lánguidamente, como Alberti, y no se ha inventado somnífero más potente que escuchar cinco minutos a uno u otro para empezar a roncar) era un hombre sensible que combinaba el delicado espanto ante las erratas con las odas a Stalin. Lo que demuestra que las erratas no siempre son tipográficas sino que también existen otras, aunque de complicada clasificación.

Al recordar un pasado, el del siglo XX, ligado a sus erratas (esas pequeñas traiciones a la exactitud) cuesta no imaginar cómo seremos recordados: quizás nuestras erratas estén engendrándose en el vientre de la postverdad, no sean ni siquiera divertidas y a las generaciones futuras, más que ingenuos, les parezcamos, en perspectiva, gilipollas. No es difícil apostar por eso.

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