17 de mayo de 2018
17.05.2018

EL NIÑO DE LOS OJOS CACOQUIMIOS

16.05.2018 | 22:36

Los más conspicuos historiadores no se ponen de acuerdo en que si fue el fatum o la conjunción astral, en el invierno de 1497, el desencadenante de una catarata de desgracias, penas y sinsabores, que inundaron el Palacio Ducal de Gandia.

Todo comenzó cuando Juan de Borja, hijo del Papa Alejandro VI y primer Duque de Gandia, murió en Roma en extrañas circunstancias donde todos vieron la mano de su hermano César. Desde entonces, la duquesa María Enríquez, sola y desconsolada, pasaba gran parte de su tiempo ocupada en las obras de la nueva Colegiata de Gandia, pero su corazón de madre sufría lo indecible por la enfermedad que aquejaba a su pequeño hijo Juan. El niño tenía siempre los ojos tristes y poblados de verdes legañas. Un extraño mal conocido como «ojos cacoquimios» que los médicos no lograban curar.

María Enríquez decidió consultar el caso con el Obispo de Valencia, Lorenzo de Loras, defensor del vínculo del Preste Juan, y versado en farmacia galénica y homeopática. El Prelado vino expresamente a Gandia y, al observar los ojos del pequeño, quedó sobrecogido. Sus pupilas giraban como derviches deformando constantemente la circunferencia del iris, y en el saco lagrimal, bajo las legañas, pugnaban por salir una legión de endriagos y silfos.

¿Es grave Eminencia? -preguntó la Duquesa.

No creo. Pero, ¿sabéis si vuestro hijo anduvo despierto la noche del cometa?

Sí. Me dijo que fue muy hermosa la lluvia de meteoritos.

Pues no hay duda. Esos meteoritos han sido los causantes de la enfermedad.

De inmediato, el Obispo asperjó los ojos del niño con agua bendita, los frotó con los santos óleos y, tras cubrir con su mitra la cabeza del niño, pasados unos minutos, volvió a observarlos con un topacio de aumento. Hizo un gesto de contrariedad y le dijo a la Duquesa:

- Tardará algún tiempo en curarse. Mientras tanto deberéis administrarle todos los días dos ojos de águila y un corazón de búho adobados con aceite de Benisivà.

Pasó el tiempo y como los ojos de Juan no mejoraban, la duquesa consultó a Hibrahim de Medina, un físico musulmán de la Corte de Granada, discípulo de Averroes, el célebre médico andalusí, que aconsejó baños de mirtilo, caléndulas e hipericom, la hierba de la alegría. Pero tampoco se curaron los ojos del niño y María Enríquez, desesperada, decidió escribir a su suegro el Papa Alejandro VI. Cuando la triste noticia del nieto llegó a Roma, el disgusto de los abuelos fue mayúsculo y Vanozza Cattanei pidió al papa que hiciera un milagro. El pontífice ordenó al cardenal Camarlengo redactar la bula «Per oculos infirmorum» y, acompañada de un ungüento milagroso que usaban los papas para las almorranas, lo mandó a Gandia por mediación del pintor Pablo de San Leocadio, que venía a pintar el retablo mayor de la Colegiata.

Pero tampoco el remedio del abuelo y Santo Padre dio resultado y el niño siguió triste y abatido sin apenas poder abrir sus preciosos ojos esmeraldinos.

Un aciago día llegaron noticias de la Corte de Valladolid dando cuenta de que el Anteojero Mayor del Reino, Don Benito Daza de Valdés, Caballero de la Santa Inquisición, obraba grandes prodigios con sus nuevo anteojos astrolábicos. María Enríquez no lo pensó dos veces y, acompañada por varios caballeros, médicos, damas de compañía y un grupo de soldados de la guardia de palacio, marchó a Valladolid con su hijo en busca de alivio para sus delicados ojos.

En cuanto Daza de Valdés, con el rudimentario ostalmoscopio que acababa de inventar, se asomó al fondo de los ojos del niño descubrió la causa de su enfermedad y aconsejó a la Duquesa:

-Este niño necesita un tratamiento de colorimetría. Debemos llevarlo presto a la catedral de León.

La Duquesa solo sabía de los preciosos colores de Pablo de san Leocadio, pero aceptó la recomendación del anteojero y, otra vez, la comitiva se puso en marcha camino de León.

En cuanto entraron en la Pulchra Leonina, Daza de Valdés hizo desnudar al niño, le tomó de la mano y, ante el pasmo de los acompañantes, le hizo caminar por el deambulatorio de la nave principal. A medida que la luz iridiscente que se filtraba por las 127 vidrieras policromadas bañaba el cuerpo del niño, su rostro cambiaba de color y, poco a poco, sus ojos perdían la tristeza y desaparecían las legañas. Las pupilas se serenaron y, al final del recorrido, aquellos ojos cacoquimios estaban completamente curados. La duquesa María Enríquez sonrió por primera vez desde la muerte de su marido. Los acompañantes aplaudieron emocionados y, mientras el niño bailaba alegre y feliz ante el altar mayor, Daza de Valdés explicó:

El poder mágico de los colores que los antiguos templarios infundieron en estas maravillosas vidrieras ha logrado eliminar a los endriagos y silfos que anidaban en los ojos de Juan.

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