Desde que empecé a escribir esta columna, hace exactamente un año, he intentado centrar mi comentario de cada semana en algunas sugerencias recogidas en mi propio camino que pudieran servir de mapa a otros que caminan en su propia búsqueda. A veces la realidad del mundo o del país me alejaron de esa intención, y me descubrí hablando de todos cuando en realidad solamente quería hablar de cada uno de nosotros.
En estas cincuenta y dos semanas he intentado hacer aquello que prometí entonces, traer a estas páginas una pequeña lucecita un poco ingenua e insignificante que nos ayude a renovar por siete días nuestra apuesta de que todo puede y va a estar mejor para cada uno individualmente y desde allí para todos en conjunto.
Me he valido para mi objetivo, según es mi costumbre, de unas pocas ideas y medio centenar de cuentos, propios y ajenos.
Pensamientos de muchos, anécdotas y leyendas urbanas que nos contaran y confirmaran que no estábamos solos, ni en nuestro dolor, ni en nuestras creencias ni en nuestros temores y mucho menos solos en nuestros buenos momentos, en nuestro camino de aprendizaje y en nuestro deseo de construirnos vidas cada vez más felices.
Los dos desafíos fundamentales sobre los cuales le he propuesto pensar durante todo el año han sido y seguirán siendo el de volverse cada vez más sabio y el de sentirse cada vez más vivo.
Pensar en usted para poder después pensar en los demás, adecuadamente. Anticipar el puedo al quiero, para que su deseo no quede condicionado por la fantasía de una limitación de tiempos idos.
Ideas de No debes o No puedes que no pertenecen más que a un pasado donde posiblemente otro yo anterior, no podía, no sabía o no quería saber y por eso se quedaba dependiendo del cuidado de algunos y a merced de la decisión de otros.
Le regalo hoy este cuento, versión casi novelada de una pequeña anécdota escuchada al pasar y que escribí hace un tiempo para la salida de mi libro Déjame que te cuente en España.
La madre había partido a la mañana temprano y dejándolos a cuidado de Marina, una joven de dieciocho años la que a veces contrataba como canguro por unas horas, para hacerse cargo de ellos a cambio de unos pocos euros.
Desde que el padre había muerto, los tiempos eran demasiado duros como para arriesgar el trabajo faltando cada vez que la abuela se enfermaba o se ausentaba de la ciudad.
Cuando el novio de la jovencita llamó para invitarla a un paseo en su auto nuevo, Marina no dudó demasiado. Después de todo, los chicos estaban durmiendo, como cada tarde y no se despertarían hasta las cinco.
Apenas escuchó la bocina cargó su bolso y descolgó el teléfono. Tomó la precaución de cerrar la puerta del cuarto y se guardó la llave en el bolsillo. Ella no quería arriesgarse a que Pancho se despertara y bajara las escaleras, para buscarla, después de todo tenía sólo 6 años y en un descuido podía tropezar y lastimarse. Además, pensó, si eso sucediera, como explicaría ante la madre que ella no estaba en la casa...
Quizás fue un cortocircuito en el televisor prendido o en alguna de las luces de la sala, tal vez una chispa del hogar a leña; el caso es que cuando las cortinas empezaron a arder el fuego rápidamente alcanzó la escalera de madera que conducía a los dormitorios.
La tos del bebé producto del humo que se filtraba por debajo de la puerta lo despertó.
Pancho sin pensar saltó de la cama y forcejeó con el picaporte para abrir la puerta pero no pudo, de todas maneras si lo hubiera conseguido él y su hermanito de meses hubieran sido devorados por las llamas en pocos minutos.
Pancho gritó llamando a Marina, pero nadie contestó su pedido de auxilio así que corrió al teléfono que había en el cuarto (él sabía como marcar el número de su mamá) pero la línea no tenía tono de discado.
Pancho se dio cuenta que debía sacar a su hermanito de allí. Intentó abrir la ventana que daba al alero del jardín, pero era imposible para sus pequeñas manos destrabar el seguro y aunque lo hiciera quedaba la malla de alambre que sus padres habían instalado para protección.
Cuando los bomberos terminaron de apagar el incendio, el tema de conversación de todos era el mismo:
¿Cómo pudo ese niño tan pequeño romper el vidrio y luego el enrejado con el perchero?
¿Cómo pudo cargar al bebé en la mochila?
¿Cómo pudo caminar por el alero con semejante peso y bajar por el árbol?
¿Cómo pudo salvar su vida y la de su hermano con sus seis añitos?
El viejo jefe de bomberos, hombre sabio y respetado les dio la respuesta:
- Pancho estaba solo... y pudo hacerlo, entre otras cosas, porque no tenía a nadie que le dijera que no iba a poder. Y sencillamente, lo hizo.