Podemos llamar síndrome del recomendado a una serie de manifestaciones nocivas o negativas que surgen en determinados individuos que, para obtener un beneficio personal, se saltan las vías o caminos establecidos para resolver los problemas que los aquejan. Es decir, salen perjudicados de procesos de los que esperaban obtener beneficio.
A veces el sujeto que trata de obtener una ventaja, en realidad, tiene derecho a ella, pero la estructura no se la ofrece en el tiempo y forma que él desea. En el terreno sanitario el síndrome es frecuente. Cuando la relación médico-enfermo era directa, el médico era el solicitado. Ahora y en las Instituciones Sanitarias públicas ha surgido «el conseguidor», habitualmente un administrativo que maneja las claves de las actuaciones y aunque no depende de él la resolución del problema, maneja los hilos para conseguirlo.
Los principales efectos negativos del síndrome son:
En la realización de pruebas: la pérdida de los resultados de las mismas, o errores y problemas en su práctica, es decir, hay desde pequeños hematomas en las extracciones sanguíneas hasta dudas de su validez porque se ha obviado la preparación correcta, o las posibles interacciones con fármacos.
No es infrecuente que al acelerar el proceso, en alguna de las fases haya olvidos, y el enfermo llegue a quirófano sin una valoración reglada.
Otras veces se expresa con exceso de pruebas, que son innecesarias, se solicitan de complacencia por deseo de agradar, o temor a errar y sus resultados son difíciles de concordar: no es infrecuente que aumenten las interconsultas, y cuantos más opinan más difícil es acordar una decisión. Y si quería acelerarse el proceso, el efecto es el contrario.
Otras veces el problema surge en el tratamiento: en base a un supuesto prestigio social se ofrecen tratamientos innovadores cuyos beneficios están sin constatar, o al revés, se plantean actuaciones menos agresivas, más seguras en cuanto a resultados, no se asumen riesgos.
El síndrome del recomendado afecta también al pronóstico, pues al no haber seguido unas actuaciones regladas, lo que pueda suceder con la persona es imprevisible.
Además de la posible nocividad sobre el supuesto beneficiario, puede tener efecto sobre otros ciudadanos.
No trato de ser crítico con la recomendación: a veces la estructura es insuficiente, bien por lenta (genera demoras en la atención y listas de espera) o dificultades en priorizar la importancia de las actuaciones a seguir y la recomendación puede corregirlas; pero en otras muchas ocasiones empeoran esas situaciones, ya que al modificar las prioridades se perjudica accidentalmente a alguien con más derecho.
El circuito se altera
Podemos reflexionar por qué surgen problemas cuando existe una recomendación, que supuestamente debería resolverlos. A mi juicio porque el sistema sanitario, con sus limitaciones, funciona en base a circuitos, y la recomendación los modifica. La alteración de la norma induce todos los efectos negativos comentados.
La recomendación es una tradición social en nuestro país, y de igual manera que queremos comida rápida, buscamos soluciones rápidas para los problemas de salud. En algunos casos su justificación sería que el enfermo no conoce la importancia de lo que padece, eso le genera ansiedad y desea su resolución cuando antes.
Deberíamos plantearnos si es evitable. Probablemente su frecuencia va en relación con la calidad de la estructura sanitaria y los hábitos sociales. Imagino que si la estructura fuera óptima, se seguiría utilizando, porque un sector de la sociedad lo usa como rutina. Yo, que llevo bastantes años trabajando en el sistema sanitario público, estimo que su presencia ha disminuido muchísimo. Entre los miles de actuaciones médicas anuales, las que derivan de la recomendación son muy escasas. En el fondo me alegro de que así sea, pues sin valorar el funcionamiento del sistema, la sociedad está más por convivir con normas para todos. Ello sin duda, conlleva un aumento de las reclamaciones.