MALDEOJOS

Somos público

 
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CIPRIANO TORRES Si no existiera la certeza de que un número de personas, cuantas más, mejor, viera a Javier Sardá con casco, chaleco antibalas y gafas de sol caminando al sur de Líbano sobre su tierra nevada en los alrededores de la base española Miguel de Cervantes, ese viaje, esos viajes personales que llama Dutifrí y emite Tele 5, no se harían. No tendrían sentido. La certeza de que hay alguien ahí, a este lado de la pantalla, es la razón de las distintas entregas de este programa, de todos los programas, desde Dutifrí a Versión española. Decir esto, cuando la vida se desarrolla en un entorno de pantallas, de todos los tamaños, en todo tipo de cacharrería electrónica, no sólo parece una obviedad. Es una obviedad. Pero no está mal recordarla para saber qué somos, cómo nos vemos, cómo nos ven. Cuando Mariano Rajoy elige a Soraya Sáenz de Santamaría, lo hace primero porque puede y le sale de su barba, eso sí, a remojo, pero también porque la señora será, ya lo es, la primera ventana por la que la gente se asomará a su partido. En el mundo banal de la tontería rosa y del diseño, la moda y otras patas fatuas, y lo son por mucho dinero que muevan y generen, tienen una expresión que adoptaron enseguida los programas de laxos contenidos, imagen de. María Eugenia Martínez de Irujo es la imagen de esta firma de joyas. Cayetano Rivera es la imagen de Giorgio Armani.
Cada vez que veo a un fulano ante un panel con el logotipo multiplicado hasta el infinito, de forma que no haya foto que no saque detrás la marca que paga, y oigo al narrador decir que ese fulano o la petarda de turno, nacida de las escombreras de un concurso de ruindades, es la imagen de tal perfume o no sé qué nuevas bragas ajustables me saltan los plomos. Y escupo palabras de mucho voltaje. La imagen de. En cuanto oigo a un chalado, a una presentadora de televisión, no hace falta que sea de una tele autonómica de sétima categoría, que tiene como invitada en el plató a Miss Pelo Bonito de Alicante 2008, imagen de Cortinas López, no veo a una trabajadora que se gana con dignidad su sueldo sino a una cretina que reproduce esquemas y consignas creyendo que ese es el paradigma de la excelencia en televisión sin haberle dedicado dos minutos a su trabajo. Imagen de. Venga, hombre. Me basta saber que fulana es la imagen de algo para salir por patas y descartar ese producto de mis compras, y eso que de natural no soy consumidor, ni compulsivo ni del tipo «compra para ser feliz». Es decir, Soraya será la imagen del PP, y hasta que no se resabie, si es que lo hace, y me produzca la misma sensación de rechazo biológico que sentía con Eduardo Zaplana, será una señora que hace su trabajo, que es agradable y da bien en pantalla, pero vender bragas o cortinas es una cosa. Vender ideas, otra.
Cuando Javier Sardá viaja a Líbano, y habla con un matrimonio de la base española que dejó un hijo con sus familiares, y aunque dijo detestar ese tipo de televisión, él, que subió a la gloria de los contenidos y descendió al establo de la podredumbre, los llevó a un salón, los sentó frente a la pantalla plana, y le dio al mando. Allí estaba, como intuía la madre y el padre, como intuíamos en casa, el niño de cuatro años soplando velitas y hablando a cámara porque, desde chico, sabe que ese mensaje iba destinado a un público especial, sus padres, acongojados por la emoción truculenta, sin fuerzas para controlar las lágrimas, enfrascados en el juego de una televisión que decía rechazar el presentador que le daba alas. Es otra consecuencia de nuestra condición de público o, alternando el papel, de protagonista circunstancial y efímero. Hemos aprendido a llorar en televisión, a contar nuestras intimidades, a enfurecernos e indignarnos si hay una cámara delante, a llamar a la televisión cuando tenemos un problema, da igual el grosor de su magnitud, véase la sección de denuncias que lleva en Las mañanas de Cuatro Gonzalo Miró, el Proteste ya de Gonzo en CQC, el famoso teléfono de aludidos en los programas maripatiñeros .
Patricia Gaztañaga hace una labor terapéutica extraordinaria porque cada tarde recibe en su Diario a gente humilde con historias atroces, atrabiliarias, descabelladas o increíbles por impúdicas. No hay, se rompió hace tiempo el sentido de la privacidad. Todo es público. Puede, debe serlo. Cuanto más zafio es el programa, más zafia es la gente que lo nutre, y con derechos más zafios se dirigen a esa ventanilla de agraviados, a la cadena que lo acoge. La inquietante influencia de frutos de estercolero como los que avienta Yolanda Flores en El ventilador y otras bagatelas de barra de puticlub lo es porque propagan el sentido ordinario de la vida, de las relaciones, un concepto chabacano que, por fortuna, aún sigue produciendo sarpullido en un reducto, sí, elitista, del público. Confío en que el nombramiento de Elena Sánchez como Defensora del espectador de TVE, que acudió a la cita matinal de Pepa Bueno sea, tal como apuntó en Esta mañana, una barrera que frene la ignominia y el insulto a la dignidad del público para generar confianza entre lo que hay detrás de la pantalla y quienes la disfrutan. O la sufren. Que no se vea como cursilada lo que también decía en La Sexta José Miguel Contreras, su consejero delegado, que entró en el informativo de Mamen Mendizábal para hacer un balance de sus dos años de vida, La Sexta, dijo, es una televisión ecológica por no contaminante ni de efectos secundarios. Yo también lo creo. Te puede gustar o no su oferta, pero como público no siento los efectos secundarios de una intoxicación que pisotee mi inteligencia. Y un apéndice, como somos público, lo somos en todos lados, en casa y de relleno en los estudios, aplaudiendo por un bocadillo las chorradas que expelen algunas boquitas. Y una última cuestión para quien lea esta columna. ¿Se considera público apaleado, sometido, arrinconado y perplejo, o público encantado?
Qué zafios
Esto no es una invitación sino una advertencia. Quien pase por Tele 5 buscando algo de inteligencia, aunque sea para echar la siesta, se llevará un chasco. En el camelo con el que ha regresado Carmen Alcayde a las sobremesas, «Las gafas de Avelino», que podría llamarse «Las zapatillas del ricitos» o «La pechuga de la presentadora», no hay asomo de talento y sí mucho despiste. Y lo peor. Creo que pretenden hacernos reír. Ingenuos.

cipriano.torres@hotmail.com

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