EMILI PIERA
Antonio Signes fue cura y luego se salió. Lo cuenta con otros trece compañeros, que siguieron el mismo camino en circunstancias llamativamente parecidas, en el libro ¿Por qué nos salimos? Los secularizados (Carena editorial). Lo he leído con mucho interés y hasta con emocionada familiaridad. En el libro y en la época se define un cuadro sociológico, tan claro como simple, casi siempre implícito, y que enmarca cada naufragio personal: lo primero que trasmiten estas apuradas biografías es cierta sensación de vidas rotas, de proyectos malogrados. Humanos, pues. Y nunca demasiado. Hay algún balance sombrío y hasta alguna franca expresión de alivio pero, en general, hay más gratitud, entusiasmo, espiritualidad renovada (o alternativa) y más ganas de pelea que gusto por lamerse las heridas.
Como este es un libro de mártires (o sea, de testigos), también se parece a las vidas de los descubridores: la misma provisionalidad itinerante, la misma sujeción a los vientos, cierta generosidad y, claro, la rebeldía final pues la epopeya que unifica destinos tan distintos no es la lucha contra el deseo sexual o el anhelo de crear la propia familia -todos reconocen, más o menos, la dificultad de mantener el celibato, pero nada se rebate o descarta por ser difícil, también es complicado un examen y no digamos comprarse un piso. El dado que rueda en todas estas jugadas vitales marca siempre el número de la obediencia.
Ninguna iglesia como la católica ha hecho de la autoridad la base de su tránsito mundano, pero como dice una vieja canción, pídeme el corazón, pero no te quieras quedar con mi alma, ni siquiera es mía. Algunos curas llegan a constar en el más exigente canon cultural (Vivaldi, Gracián), pero todos son miembros de la intelligentsia, es decir de ese magma de técnicos y titulados que sirve a los poderes terrenales (o se rebela). Conocer sus vidas y quebrantos ha sido como bucear en el origen de todo esto.
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