SERGIO SEVILLA
La enseñanza de Filosofía en el Bachillerato suele verse amenazada periódicamente por quienes creen encarnar el espíritu de nuestra época, defendiendo la cientificidad como único modo de ver las cosas propio de una sociedad que se valora a sí misma con criterios de rentabilidad económica. Pero también la amenazan quienes entienden la filosofía como propagadora de una cosmovisión racional -y, por tanto, laica- a la que hay que oponer valores religiosos.
El positivismo, nuevo o antiguo, es una filosofía de la muerte de la filosofía. El dogmatismo religioso, que parece querer suceder a la post-modernidad, vuelve a ser una amenaza cuando se apoya en las instituciones de poder. Cientifismo y dogmatismo presentan una falsa batalla por un espacio, el filosófico, que no pueden ocupar por su propia naturaleza asertiva y acrítica.
La materia prevista de divulgación científica ha de transmitir información, previsiblemente actualizada, sobre el modo en que una zona de la realidad es vista por las teorías científicas. Así se produce la transmisión del conocimiento como algo ya logrado, cerrado en sí mismo, y dispuesto a ser aceptado sin posibilidad de participar en el proceso intelectual que hay detrás y que se da por supuesto y, por tanto, se sustrae al análisis. Puede ser una enseñanza instructiva, pero no debe reemplazar el espacio intelectual de la elaboración argumentativa y del análisis conceptual; y, si está dispuesta a respetarlo, dejará de ser divulgación científica para convertirse en filosofía de la ciencia.
La enseñanza religiosa -de ésta o aquella religión que profesa quien enseña- pertenece a una esfera guiada por una disposición humana totalmente otra: la fe. Y, como dice Kierkegaard, «la fe comienza precisamente allí donde la razón termina». Ha habido momentos históricos de oposición entre razón y fe, como ha habido momentos históricos en que se buscó su armonización. Lo que no debe pretender nadie, tampoco las autoridades educativas, es la suplantación de una por otra.
La enseñanza de la filosofía en los niveles pre-universitarios ha proporcionado clásicamente elementos formativos que no pueden ser sustituidos por ninguna ciencia ni doctrina. En primer lugar, la filosofía realiza una tarea insustituible al aproximar al alumno a textos del pensamiento en que se elabora de modo conceptual la experiencia humana sobre el mundo y la vida, ayudando a formular, de modo riguroso, las dudas y problemas que las teorías, las normas y las experiencias suscitan en todo ser racional. Nunca trató la enseñanza de la filosofía de adoctrinar, sino de enseñar a dudar razonablemente.
En las sociedades complejas que vivimos, la adolescencia es una etapa problemática justamente porque no puede entender el mundo, la sociedad y la propia personalidad en los términos claros y diáfanos y, por tanto, simplistas y esquemáticos que le ofrecen las doctrinas prefijadas. El adolescente necesita aprender a criticarlas, a rechazarlas o reformularlas mediante su propia capacidad argumentativa; y a ello le ayuda, de modo insustituible, su aprendizaje de la filosofía. El análisis lógico del conocimiento, los valores constitucionales, los sistemas de normas legales y morales, las escalas de valores que han de convertirle en miembro competente de esta sociedad son competencias que sólo pueden transmitirse mediante el ejercicio personal de la argumentación y la crítica; de otro modo sólo producen seres sumisos incapaces de la iniciativa y creatividad racional necesarias en esas sociedades.
Pensar por sí mismo es un ideal del aprendizaje filosófico y condición de posibilidad de llevar una vida con sentido; la capacidad de expresar por escrito el propio pensamiento es una de las condiciones necesarias para la existencia de una sociedad de adultos capacitados para realizar cualquier otra tarea en el ámbito profesional y en el espacio cívico.
Todas estas capacidades pueden ser el objetivo del sistema educativo en su conjunto; pero, vistas de cerca, todas ellas son competencias que genera directamente la enseñanza de la filosofía. En ésta, el alumno se familiariza con los textos de pensamiento sobre el hombre, la sociedad, la naturaleza y el conocimiento que están en la base de nuestra cultura. La capacidad de analizar conceptos, discutir teorías de modo argumentativo, y de razonar las propias posiciones sobre problemas como los mencionados son objetivos fundamentales de la enseñanza filosófica que se exige para ingresar en la universidad. Regatear tiempo de dedicación docente en el Bachillerato a la adquisición de estas destrezas intelectuales es socavar directamente los fundamentos de una educación digna de ese nombre.
La aportación de la filosofía no puede ser sustituida ni por materias de divulgación científica, ni por materias de formación religiosa. Es cierto que tanto la ciencia como la religión han estado próximas a la filosofía en distintos momentos de su historia, pero la enseñanza de una y otra apunta a formar capacidades muy diferentes de las que fomenta el aprendizaje filosófico.
*Catedrático de la Universitat de València