J. M. Bort
Cuando Unai Emery salió disparado desde el autobús hacia el terreno de juego, nada más llegar al estadio, era por algo. Tenía un miedo terrible a encontrarse con un campo de patatas en vez de un campo de fútbol. Visto el percal, reflexionó y sacó del equipo titular que tenía ideado a varios pesos pesados, entre ellos a David Villa. La sorpresa se multiplicó por dos cuando aparecieron juntos en el once Morientes y Zigic, una pareja inédita en el Valencia desde que ambos coinciden en el club de Mestalla. El dibujo del partido se abrió con la presencia del serbio, que facilitó la llegada de sus guardaespaldas. Esa fue su labor, oscura pero muy práctica.
Morientes, un nueve con más movilidad y recorrido que su compañero, fue el principal beneficiado. El Moro demostró en su primera acción que tiene afinado el olfato de gol. Se inventó una jugada al más puro estilo David Villa.
Del resto de reapariciones no hay mucho que destacar. Del Horno cumplió con su labor, Angulo se movió con su habitual sencillez para buscar la diagonal y Helguera demostró que, a pesar de que estos partidos no le deben venir grandes, está, efectivamente, lejos de su mejor época. De Edu no hay mucho que decir, aunque en su caso le ocurrió como a Zigic. El Valencia se saltó el medio campo y centró sus esfuerzos en la velocidad, ajustándose así a las condiciones del césped. Un buen plan que, sin mostrarse como demasiado ambicioso, sirvió para demostrar que Emery puede desenvolverse bien sin sus, en teoría, mejores jugadores. Eso sí, la única prueba es la de un partido ante un rival muy inferior que nada tiene que ver con la exigente competición española.