EMILI PIERA
Me ha dado mucho que pensar la condena del escritor Luis García Montero porque el juez ha considerado injuria grave llamar «perturbado» a un compañero de departamento -un tal Fortea- que considera a Federico García Lorca «fascista». Bueno, no sé si es un perturbado, pero un poco zoquete, sí. También me ha dado por recordar una vieja disputa entre poetas -que tuvo a las páginas de Levante-EMV como privilegiado escenario- en la que una buena parte de las promociones líricas locales se alinearon en dos bloques enfrentados en combate global. El combate se dirimía en los foros de justicia porque alguien mentó prácticas sexuales de riesgo en alguno de los vates y produjo escenas tan fascinantes como el escritor Alfons Cervera explicándole al juez qué entendía por metáfora, armado de tiza y frente a una pizarra. Si Alfons o quien sea no cuenta aquello, Dios se lo demandará.
El origen de la corrección política -el más desgraciado invento de la izquierda- está en cierto manual de operaciones revolucionarias que consideraba al escritor un valioso compañero de viaje y, además, portador del fuego del conocimiento y la ejemplaridad. Mentira: el escritor está, como promedio, tan arrasado por las bajas pasiones como el peluquero o la soldadora. Su única excepcionalidad es de naturaleza chamánica: maneja palabras candentes, juicios borrascosos que brotan como hierro al rojo cereza. O hace eso o se limita a agitar el sonajero.
Las disputas entre escritores tienen interés si generan un poco de literatura epigramática, que estamos en la patria de Marcial. No digo que el escritor deba ser una especie de sujeto aforado como los parlamentarios, digo que los jueces y los mismos escritores deberían aplicar y aplicarse una especie de ley de la ventaja. Si dos escritores se pelean hay que ver, primero, el juego que dan y no ir corriendo a refugiarse en el papel de barba judicial. Es un derecho y creo que, también, un deber.
[empica5@yahoo.es]