CIPRIANO TORRES
El domingo pasado fui uno de los cerca de cuatro millones de espectadores que en algún momento, y yo me lo tragué entero, vieron la entrega de Pekín express que emite Cuatro y cuya audiencia ha ido creciendo desde el inicio del programa de viajes donde participa gente con un sentido muy alto de la competitividad, sentido que al no tener desarrollado hace que observe a quien lo tiene con un lío de matices, los que van de la admiración a la incredulidad. Ambicioso también soy lo justito, lo justito para no ser una ameba, un cretino inconsciente. Cuento todas estas intimidades sin pasar por El juego de tu vida, donde Emma García, con el salero que la caracteriza para moverse con tacones por los estercoleros más abyectos, realiza las preguntas con su tóxica sonrisa a quien se somete en el plató a su implacable bisturí. Pero si lo hago aquí es para entender por qué, cuando veo a los concursantes del programa de Paula Vázquez, me sorprende su extraordinario espíritu competitivo, su implícita predisposición para traicionar a los adversarios. Detrás de los abrazos por un triunfo hay siempre un puñal levantado a espaldas del otro. A mí me encantaría atravesar el desierto de Gobi, pero no sometido a las normas absurdas de un concurso, esas que hacen que Martha, la sirvienta, y Javier, el pijo, arrastren por el pedregal, o subidos al camello, dos maletones cargados de arena. Seguro que Cristina Lasvignes, que sigue como una campeona defendiendo el insulso Tal cual lo contamos en Antena 3, tampoco estaría dispuesta a semejante esfuerzo. Y más ahora, que ha caído en la maldición de las presentadoras. Es otra que ha tenido que sentarse al borde del biscolatex natura como vendedora de colchones.
A estas alturas, cualquier espectador de consumo medio televisivo sabe que Cuatro puso en marcha unas raras promociones del concurso de supervivencia, y no es poca apañarse con un euro al día desde que salieron de Moscú con la pretensión de llegar a China. El cebo era claro, algo importante sucederá en Pekín express. Me salto los detalles porque los supongo informados, así que resumo. Después de una durísima jornada, con coces de camello incluidas, las parejas que se disputaban la inmunidad tenían que superar una última prueba, subir una empinada duna de arenilla en polvo, añadiendo un esfuerzo desmedido a un cuerpo exhausto. Una de las gemelas, Idoia Gómez, se derrumbó. Tuvo que ser evacuada de urgencia en helicóptero al hospital cercano más decente. Imágenes espectaculares que no vimos porque el concurso, impasible, siguió su rumbo centrado en la peripecia de ganadores y perdedores de etapa. Digo impasible y suena a frialdad ante el drama de una concursante. Al contrario. Cuatro demostró un trato exquisito. Lo que importaba era atender a esa mujer, el cómo se hizo no formaba parte del guión. Tan sólo, porque sí formaba parte de la trama para justificar lo que venía después, vimos a Idoia aclarando lo que nadie sabía hasta ese momento, que tenía cáncer. Los médicos no se lo pensaron. Las gemelas, Idoia y Ainhoa, tenían que abandonar el concurso porque la salud de Idoia corría peligro.
Emocionante el encuentro de las gemelas con el resto de concursantes para explicarles lo que nadie podía imaginar, ejemplar el montaje de ese encuentro donde no se abusó de primeros planos supurando lágrimas de dolor, magnífica la emocionada entereza de una presentadora que supo estar en su sitio, animando a las concursantes, abrazándolas con ojos empañados, pero sin meter el dedo en una llaga que por sí sola estaba quemando a la audiencia. Estos gestos, esta diferencia, esta huida del sensacionalismo más ruin con la desgracia del otro es lo que hace grande a una cadena. Cuatro fue impecable, y hay que reconocerlo. Y escribirlo para que quede constancia. Claro que estoy pensando en lo que habría hecho Tele 5 con ese material. Su conocida capacidad para convertir el dolor en pus, el drama en gangrena, y los sentimientos en cascajo es proverbial. Con un cáncer inesperado en una de sus covachas hasta Paolo Vasile acabaría pidiendo la placa en el Congreso para sor Maravillas, esa monja de expresión dura y severa como un mulá con turbante ahora resucitada como se resucitan los cadáveres que han pasado por Gran Hermano.
No todo es exquisito y elegante en Cuatro. La cadena también tiene El hormiguero, en donde Pablo Motos ríe las gracias de Jandro, ufano de su alopecia y de su, al parecer, prodigiosa capacidad para peerse. La otra noche me los encontré así, uno tratando de aflojarse la barriga para soltar lastre, y el director del programa, a un metro, junto a la invitada, creo que la bella Kira Miró, esperando el bombazo del excéntrico colaborador con el fuelle del culo flojo. La actriz, después del leve follón que recogió al momento el micrófono colocado en semejante abertura, dio un respingo sin poder evitar un asomo de repugnancia, aunque el protocolo de estas secciones tan sofisticadas marca que la invitada bese al colaborador antes de que el jefe lo despida entre aplausos, y supongo que dejando un halo de mierda flotando en el plató. No logro reírme con casi nada de lo que ocurre en El hormiguero, y si hay mierda, la mierda huele en Telecinco y en Cuatro. ¿A qué huele el desembarco total de Francisco Franco en la cartelera de Antena 3 esta semana? En el documental recuperado de Victoria Prego y en la película del jueves, 20-N, los últimos días Franco, se insistió sobre lo mismo, y visto con distancia, y van 33 años desde aquella esperada muerte, queda clarísimo. Esos trabajos, con la sintaxis del periodismo, uno, y de la ficción, el otro, logran lo mismo, que el drama de la agonía de un individuo nos conmueva como ser humano, pero se diluye el drama colectivo que ese individuo feroz, iluminado y meapilas infligió a un pueblo sometido. ¿Estamos ante una sibilina recuperación del canalla, vía humanitaria enfatizando su agónico final? Según se gestionan los dramas, cambia la percepción. Obvio.
Tetitas
Los de la discoteca Pachá de Valencia la han liado sacando tajada con el revuelo. No hay negocio mediano que pague semejante publicidad. Carlos Monsell, el director, está perplejo porque no entiende que regalar una operación de pechos soliviante tanto. Yo tampoco. Bernat Soria, el ministro, y Manuel Cervera, el conseller, raudos, han salido en defensa de la mujer. Muy tarde. ¿No ven la tele? El problema es de fondo, señores.