MATÍAS VALLÉS
Se discute con intensidad si Zapatero mintió sobre el pleno empleo. Si Zapatero negó culposamente la crisis. Si Zapatero vendió armas mortíferas a Israel. Y si Zapatero esto o lo otro. Ahora bien, la política es una competición que en su variante democrática requiere de una alternativa. De colocar a Mariano Rajoy en esa tesitura -no sin provocarle notables sofocos-, se le puede proclamar como el único personaje inocente en todos los sentidos en la sórdida trama del espionaje multilateral madrileño. Con el sobreentendido de que ejerce la honradez asintótica de la inacción. Habría que desentrañarle la frase de Mae West, «cuando soy buena, soy muy buena, pero cuando soy mala, soy todavía mejor».
Asociar a Rajoy con la maldad requiere de una acusada tentación hiperbólica. Paradójicamente, la bondad infinita juega en su contra, porque no logra suscitar en sus rivales la irritación que solidifique a sus partidarios. En su última derrota electoral se proclamó previsible, pero ha escalado hacia lo invisible. Este artículo no pretende la originalidad en un diagnóstico firmado anteriormente por cientos de voces. La falta de liderazgo del PP ha sido reproducida en los tonos y tipografías más diversos. El veredicto bordea la unanimidad, con las posibles excepciones de Cospedal y Sáenz de Santamaría. Una conclusión no desdeñable establecería que el desinterés por la sustancia del presidente popular llega al extremo de que nadie lee los artículos a él dedicados. En cuyo caso, este dictamen sobre la ausencia de lectores también se quedará colgado del vacío.
El efecto disuasor de Rajoy como tema podría verificarse intercalando en el texto un comentario extemporáneo -Messi es mil veces superior a Robben-, que permitiera localizar a los ciudadanos y presuntos votantes que conceden verosimilitud al presidente del PP. Existen asimismo métodos indirectos, como plantear el interrogante «¿prefiere usted hablar bien de Rajoy o vituperar a Zapatero?». España es uno de los pocos países en que las figuras del jefe del gobierno y de la oposición no han cambiado en los últimos seis años. Al margen de este récord, el síntoma más preocupante para la alternativa estriba en que la distancia que ha de superar se mantiene constante. La perspectiva de un tercer duelo electoral entre ambos parece ilusoria.
El nuevo pedigrí del PP lo marca el cortejo de espías que husmean los trayectos de sus dirigentes. En el fragor del espionaje cruzado, no consta que ninguna de las brigadillas detectivescas se concentrara en seguirle los pasos a Rajoy. Su propio partido lo declara inofensivo, ajeno a las luchas intestinas. Los valedores del líder de la oposición lamentan que el escándalo de los dosieres desluciera el discurso que pronunció en el encuentro que sellaba la incorporación de su partido a las nuevas tecnologías. Dado que se trataba en la forma y el fondo de una parodia de Obama, tal vez sea preferible que pasara desapercibido. Cuando se señala acertadamente que el presidente de Estados Unidos soslayó los obstáculos a su candidatura mediante el contacto directo con los internautas, no se debe olvidar que tenía un contenido que ofrecerles, no sólo una retórica.
Cuesta competir con un presidente del Gobierno que se coloca frente a cien ciudadanos enfurecidos y les predica sin pestañear que «la economía es un estado de ánimo». ¿A qué político le compraría esa boutade, el electorado que vota a Zapatero en proporción suficiente? El líder socialista no practica el zarpazo, sino el arañazo, pero quizás lo tenga más fácil que Gordon Brown. Dotado del arsenal de un sólido experto en economía, el sucesor de Blair se halla a más de quince puntos del conservador Cameron en las encuestas. Por tanto, en España debiera analizarse en profundidad el factoide sobre si el PSOE se hubiera impuesto en las últimas generales ante un aspirante distinto de Rajoy.
Cuando el PP incide sobre las mentiras de Zapatero en torno a la crisis, olvida que la alternativa inalterable propuesta por los populares suscitaba más intranquilidad entre los electores que el fantasma de tres millones de parados. Sin embargo, los análisis son estériles desde el momento en que nadie lee artículos sobre Rajoy. Tampoco él debe leer los comentarios que genera su persona, por lo que no es consciente de que su oposición se limita a una leve impertinencia. No molesta a nadie, nadie se molesta en auparlo a La Moncloa.