María Tomás, Valencia
Un genio o un loco. ¿Qué era Vladimir Horowitz cuando se ponía al frente del piano y hacía volar sus manos cual pájaros alados por el teclado iniciando un viaje en el que la confianza entre el tacto y el instrumento convertía cada estudio de Chopin, cada vals de Schubert, cada sonata scarlattiana, en un instante de eternidad, en esos momentos irrepetibles en los que el corazón se da una vuelta entera y la piel se eriza de la turbación.
El que ha sido considerado el pianista mejor pagado del mundo. El virtuoso para el cual los límites no existían. Serio pero también desvergonzado, casi clown de sí mismo. El intérprete capaz de extraer al instrumento una sonoridad elaborada de la misma sustancia de la que están hechas las emociones (eso invisible que diferencia una interpretación de otra), cuenta ahora con un nuevo libro sobre su persona y su trabajo que, además, da la justicia del reconocimiento al que logró romper los prejuicios del siglo XX en torno a los ejecutantes musicales y «convertirse en un intérprete capaz de recrear verdaderamente la música».
El trabajo lo ha elaborado el maestro Piero Rattalino (Fossano, 1931), toda una referencia en el mundo de la enseñanza y la investigación. El libro ha servido para inaugurar la colección de libros de la editorial Nortesur Musikeon que, dirigida por Lucha Chiantore y Silvia Martínez, tiene la intención de publicar estudios sobre interpretación, composición, estética musical o documentos históricos. De hecho, ya en las librerías está El camino hacia la Nueva Música de A, Webern. Una apuesta musical global en la que también cuentan las clases magistrales impartidas desde Musikeon. El Club Diario Levante acogía la presentación de estas novedades y traía como invitados a Chiantore junto al editor Enric Folch y el mismo Rattalino.
El libro sobre Horowitz es una de las 40 monografías que ha escrito Rattalino sobre grandes pianistas. «Quería sistematizar el periodo entre 1860 y 1932 a través de las figuras más representativas del piano y ver qué ha dejado cada uno a la historia de la civilización». En su opinión, Horowitz consiguió «devolver la dignidad absoluta al virtuosismo» y «situar a la misma altura la civilización eslava y la alemana. Él les decía a los vieneses cómo interpretar Mozart».
Entre el personaje serio y el contradictorio y escandaloso, «Horowitz se reservó siempre el derecho a intervenir el texto, a interpretar libremente la música». Una cuestión que en el XIX estaba bien impregnada gracias a Litz pero que en el XX se desdibujaba. El interprete se reducía a un refinadísimo ejecutante. Una utopía, según Rattalino, de la que Horowitz se convirtió en su mayor representante. El autor define al pianista sencillamente como «arrollador» y señala que «a medida que su muerte se aleja cronológicamente, su legado se está viendo más moderno. Toda su existencia es la manifestación de la lucha heroica de quien, aceptando el espíritu del tiempo, busca la síntesis entre el pasado en el cual se ha formado y un presente que se opone a ese pasado. De ahí hace el arte de Horowitz. Esta es la lección a seguir», afirma Rattalino.