Alfons Garcia, Valencia
Don Vicente es un cura de los de toda la vida. Pasa la cincuentena y sus aspiraciones no pasan de su parroquia. Con su gastada americana sobre un alzacuellos que empie?za a amarillear acudió a primera hora de ayer, como muchos otros sacerdotes, al acontecimiento del año. Plantado ante el balcón del Palacio Episcopal, del que pendía el tapiz con el escudo del nuevo arzobispo, Carlos Osoro (Castañeda, 1945), don Vicente dejó la frase, tan lapidaria como popular, que resume el espíritu de la jornada: "A rey muerto, rey puesto". El tiempo dirá, pero los primeros gestos y palabras del nuevo titular de la diócesis marcaron una distancia notable con el gobierno de su predecesor, el carde?nal Agustín García-Gasco. Especialmente, por su fuerte apuesta por el valenciano.
Mientras don Vicente observaba los movimientos de compañeros, prelados y gaiteros entre los primeros rayos de un sol que rompía las previsiones de aguaceros, por la calle del Palau subía Rafael Sanus: el contrapunto de García-Gasco; el obispo que dimitió por las diferencias con su superior. Con andares dificultosos, saludaba con su media sonrisa perenne a quien se le quería acercar. ¿Sabría ya que iba a convertirse en uno de los protagonistas mediáticos del día?
Además del gremio de la sotana, gaiteros, algunas monjas, turistas despistados y grupos llegados de Cantabria (de donde es Osoro) y Asturias (su último destino), no se puede decir que la mañana estuviera empapada de fervor popular. No hubo agobios ni apretones cuando a las 10.20 horas el nuevo arzobispo salió de palacio hacia la Basílica de los Desamparados. Delante, una solemne proce?sión de más cien presbíteros con perfecto orden jerárquico: de los curas rasos a los cardenales -los siete que tiene el episcopado español- pasando por la curia valenciana y los obispos (más de cincuenta). Al final iba Osoro, flanqueado por García-Gasco y Antonio M. Rouco Varela (el presidente de la Conferencia Episcopal). Detrás, sólo el nuncio del Papa, Manuel Monteiro de Castro.
Fue un acto breve y emotivo el de la Basílica, donde el ex arzobispo de Oviedo demostró que había estudiado para el nuevo cargo al entonar el Himne de la Coronació de la Mare de Déu dels Desemparats al bajar de besar su imagen desde el camarín. Obtuvo la primera ovación de las varias de la jornada.
Mientras el acto en la Basílica se desarrollaba con puntualidad británica, las autoridades civiles iban desfilando desde su punto de concentración (la Casa Vestuario municipal, en la plaza de la Virgen) hacia la Puerta de los Hierros de la Catedral, donde Osoro y su procesión llegaron antes de las 11.00.
Bajo el sol le esperaba el cabildo de la Seo, con el deán, Juan Pérez, al frente, que le entregó la Vera Cruz. Tras revestirse en la capilla del Santo Cáliz y una vez que los más de cien concelebrantes se colocaron en semicírculo alrededor del altar, comenzaba el acto grande del día. Fue a las 11.25 horas cuando Carlos Osoro asumió con todos los símbolos y honores el gobierno de la diócesis. En ese momento tomó de manos del nuncio el báculo (realizado en Roma) y la mitra (elaborada en Valencia) y se sentó en la cátedra central que representa el poder de la sede.
Comenzaba la era Osoro. Y se notó en la primera homilía. En ninguna de las de García-Gasco en sus más de 16 años de mandato el valenciano -relegado a fórmulas protocolarias en alguna festividad- había tenido tanto protagonismo. Constatémoslo en fríos números: de las 2.797 palabras del sermón, 636 corresponden a fragmentos en la lengua propia (el 22,7%), que ocuparon varios minutos.
"Vull que les meues primeres paraules com a pastor vostre arriben als vostres oïts en la llengua que molts de vosaltres haveu escoltat als braços de les vostres mares", dijo Osoro. Y en la Catedral, llena de fieles y autoridades (2.500 personas) sonó un fuerte aplauso.
"Vull ser amb vosaltres pastor sant, perquè per a santificar-vos he vingut", subrayó durante otro esforzado pasaje en lengua propia. "Vengo en nombre de Jesucristo a quitar los miedos, a dar esperanza", agregó en la misma línea
Más allá de la forma, el mensaje sonó distinto. ¿Se salió del discurso oficial de la Iglesia española? No, lógicamente, pues es un obispo que cotiza al alza. Pero el sermón tuvo una orientación positiva y evitó las aristas y las frases abruptas de corte muy político. Además, dedicó gran parte de la homilía a sacerdotes y seminaristas, a los que se dirigió con un tono de proximidad, pidiéndoles ayuda en repetidas ocasiones.
No obstante, no dejó de afirmar que las familias cristianas, "la célula fundamental de toda sociedad sana", "se ven muy amenazadas". Que los cristianos necesitan "una sólida formación doctrinal y espiritual". Que hay que cuidar los movimientos apostólicos y las nuevas comunidades. Que "la esclerocardia, la dureza del corazón, es el verdadero motivo del divorcio". Que "en el origen de todo ser humano está presente Dios creador" (única referencia, tangencial, al aborto). Y entre los santos valencianos cuya ayuda invocó, incluyó a "los mártires del siglo XX" (los muertos de la Guerra Civil beatificados en 2001).
La ceremonia concluyó justo dos horas después de empezar. Tras saludar a centenares de personas, Osoro se dirigió al Palacio Arzobispal. A eso de las 14.00, el coche oficial con García-Gasco encaraba la calle de l'Almodí mientras las nubes se abrían paso. Que le llueva finito, don Agustín, como dicen muy lejos de aquí.