ALFONS GARCIA VALENCIA
?
Si nos fiamos de la vieja máxima de que una realidad existe si se habla de ella, el proyecto nacionalista valenciano aún respira. La prueba son los dos volúmenes que bajo el título País Valencià, segle XXI han editado la Universitat de València y la plataforma Valencians pel Canvi, que reúnen las reflexiones de 42 intelectuales en una "tentativa de repensar aspectos centrales de nuestra realidad". Lo dicen los editores de la obra, Antoni Furió, Gustau Muñoz y Pau Viciano, en el texto de presentación del segundo tomo del proyecto, que tiene voluntad de trilogía -la tercera entrega está en imprenta-, aunque es posible que la serie tenga continuidad, advierten.
Claro que si algo necesita ser repensado es porque está en crisis. Es el caso del nacionalismo valenciano, pero, como "ninguna pesadilla dura eternamente", los coordinadores sugieren que el amanecer ha de llegar por la vía de las ideas.
Y en cuanto a estas, de las más de cuarenta aportaciones recogidas en el proyecto se pueden extraer algunos denominadores comunes. Uno es la presencia de Joan Fuster como poderoso referente de pensamiento. No hace falta un estudio estadístico para percibir que su nombre es el más citado. Salta a la vista tras una primera lectura. "Es normal", comenta Gustau Muñoz, quien añade que en el terreno castellano ha sucedido algo similar durante años con Ortega y Gasset. Ocurre, argumenta, con quienes han dejado una reflexión identitaria "fecunda y fértil".
Además, el regreso a la matriz fusteriana no es crítico, en contra de lo que ha sido frecuente en los últimos años en quienes han teorizado sobre la cuestión valencianista. No se trata de reproducir el pensamiento del ensayista de Sueca -el tiempo y las circunstancias han cambiado-, pero sí valorarlo y no desautorizarlo.
Desde esa perspectiva, es obvio que subyace en la mayoría de artículos una reprobación de los caminos de tercera vía que han ganado peso en el valencianismo en los últimos años: la aceptación de los símbolos que defendía la derecha política en los años setenta y ochenta o la primacía de lo genuino y diferenciador en la normativización de la lengua propia.
Lo explica Muñoz: "Hacer país implica un marco de referencia común, mínimamente aceptado por todos. Si se diluye tanto, nos encontramos con que no tenemos marco".
El editor Vicent Olmos enmarca esta posición en clave cultural. Desautorizar a Fuster, dice, "simplemente por parecernos a quien gobierna -ayer u hoy-, ni que sea con el buen propósito de mejorar resultados electorales, no es más que una manera de suicidarse como pueblo". "Avanzar solos, independientemente de la cultura catalana, nos aboca a la desaparición", sentencia.
El catedrático Enric Balaguer -la mayoría de autores procede del mundo universitario y del entorno de Eliseu Climent- lo repite desde un enfoque literario: el futuro, afirma, "pasa por acabar con cualquier tipo de reticencia regionalista en la literatura catalana". Y buena parte de la culpa, agrega, está en "el recelo del Principado hacia todo aquello que no sale de sus territorios y su gente".