Como todas mis gestiones burocráticas las lleva Paquita Carceller (y asociados), no recordaba lo que era enfrentarse a unas ventanillas, fantasmas de un rencoroso pasado que, por lo visto, sigue ahí, aunque con un matiz importante: he tropezado con muy buena gente.
Por un tema de compra-venta de un vehículo tuve que pasar, después de hacer acopio de más documentos, resguardos de pago y sellos que se traficaban en la corte imperial china, hube de pasar, digo, por un edificio del PROP (autonomía) y por la jefatura de Tráfico (gobierno central), lugar este último donde había muchas colas y ninguna persona para indicarte cual era la que te correspondía. Por lo visto se aplican criterios de ahorro en personal y se ha empezado, muy a la española, por suprimir al conserje. En el PROP si que había mostrador de información, pero no te devolvían los centimillos de las tasas, te habías de hacer tu las fotocopias en un cacharro digital que de vez en cuando practicaba la resistencia pasiva y calcular, por tus medios, el valor fiscal del vehículo mediante unos ordenadores de cuando Bill Gates iba al jardín de infancia.
Así pues, gruñí un poco, enseñé los dientes a una parejita que parecía querer colarse y, finalmente, decidí confiar en la gente. A fin de cuentas, el policía de servicio era más amable que muchos mostradores de información y el tipo que vino a ayudarnos frente al ordenador, estimuló el cachondeíllo: «En sexo me dan ganas de poner hermafrodita».
A partir de ahí todo fue como una seda: el funcionario, lector de Levante-EMV, soltaba humoradas a cuenta de las transferencias entre cónyuges –«eso va por el régimen de Bienes Perdiciales»-, hizo él mismo la última fotocopia que me restaba para alcanzar el pleno y, siguiendo con el festival, me pidió, a cambio, una reseña crítica de urgencia de Els fills de la mitjanit de Salman Rushdie.
Somos un desastre pero conservamos la calidad del elemento humano.