MATÍAS VALLÉS
Un juez a solas, atendiendo a la ley y desoyendo el fervor de la mayoría de sus vecinos, confronta a Camps con su responsabilidad penal, ya que se ha negado a admitir ninguna otra. El magistrado le hace un traje al presidente de la Comunita Valenciana. A medida, porque el político del PP no sólo viste mejor que Cristiano Ronaldo, sino que es un cliente sobrado de exigencias. No se limitaba a recibir ropa y zapatos «de piel de potro», sino que «encargó» las prendas que le facilitaba una trama más que presuntamente delictiva. El sastre judicial se ha esmerado, porque el imputado retornaba sin contemplaciones la ropa que «no le venía bien». Estamos ante el primer supuesto soborno que fue devuelto para efectuarle unos retoques.
Camps declaró que tenía «unas ganas locas» de personarse ante el juez, el auto le habrá devuelto a una cordura desganada. Su defensa se ha asentado sobre pilares contradictorios. El ala más dicharachera del PP –la que considera que el tesorero del partido no se ha enriquecido lo bastante– desprecia por «ridículo», en prosa del juez, el montante en juego. En el auto se descalifica esta perspectiva como «una degradación de los principios que deben regir la actuación de cargos públicos». Sin embargo, el presidente valenciano empeoró su situación al señalar que había pagado en efectivo, acción de la que no hay rastro en la instrucción y que supondría una mentira innecesaria de mayor calado político que el obsequio.
Rajoy se ha librado de un rival con piel de cordero –o de potro–, aunque la ambición de Camps queda ensombrecida por la ingenuidad de pensar que sus obsequiosos amigos no iban a anotar escrupulosamente los presentes que le entregaban. El autohomenaje mensual de Rajoy en Valencia no ha torcido la firmeza de un juez en solitario. Entre la intimidad con una trama poco recomendable y el pago injustificado, Camps deberá elegir con tiento su atuendo en el juicio. Ha llegado el momento del traje de luces.