ALEJANDRO MAÑES
Un navegante que se acerca a Las escalas de Levante -como titula Amin Maalouf- en Oriente Medio tiene que partir de Chipre, como uno que inicia viaje hacia Poniente, también tiene que hacerlo desde la misma isla. Así, el británico Hepworth Dixon, en 1877, en British Cyprus, lleva su análisis a este centro geográfico, llegando a la misma conclusión que Heródoto, nacido en Halicarnaso, actual Bodrum (Turquía), 485 años antes que Cristo, quien en su Historia, entre todas las grandes cuestiones de su tiempo, centra su atención en la siguiente pregunta: ¿Por qué dos mundos, Oriente y Occidente, luchan el uno contra el otro desde hace tantos siglos? ¿Siempre ha sido así? ¿Así será siempre?
La cuestión atrajo la atención, entre otros, de Ryszard Kapuscinski, fallecido hace unos meses, quien en un complejo libro titulado Viajes con Heródoto confiesa que no hacía falta esperar el momento en que aparecieran personas anunciando el choque de civilizaciones, ya que éste podía haberse advertido hace mucho tiempo, tan sólo con conocer la obra monumental de aquel griego universal que fue Heródoto.
Atraídos por la enormidad de su pensamiento -la Historia se compone nada menos que de nueve libros- las palabras de Heródoto introducen el viaje a Chipre. También Lawrence Durrell, quien entre 1951 y 1956 expone en Limones amargos los agitados años vividos por esta isla -tercera más extensa del Mediterráneo- para lograr su independencia. Una vez allí, junto a la complejidad del conflicto entre griegos y turcos, se extienden las autoridades chipriotas sobre el ilícito comercio de antigüedades, al presentar en el Museo Arqueológico de la capital, Nicosia, la exposición Ustedes han sido robados, que días más tarde sería trasladada al de Benaki, en Atenas. Ésta incluye el relato de la retirada de los mármoles del Partenón, por lord Elgin en 1801, y su traslado al Museo Británico, cuya reivindicación por las autoridades griegas es conocida en todo el mundo. Como también la reivindicación constante de las autoridades chipriotas para la recuperación de gran parte de su patrimonio arqueológico, que resulta menos conocida.
Igualmente se conoce menos la extensión del botín obtenido en otros lugares arqueológicos que continúa produciéndose hoy en día. De este modo, la mayoría de las antigüedades arqueológicas que aparecen en venta en diferentes países del mundo han sido ilegalmente excavadas y sacadas de contrabando de sus lugares de origen. Hoy son pocos los objetos de antiguas colecciones que aparecen en el mercado, mientras el comercio se realiza principalmente a través del tráfico ilegal de restos arqueológicos. En contraste con los mármoles de Elgin, que fueron debidamente presentados -sin pretender con ello justificar el hecho- la procedencia de otros valiosos objetos, cuya manipulación se esconde, nunca será conocida. Nunca conoceremos el porqué fueron creados, dónde estuvieron ubicados, y lo que ellos pueden aportarnos sobre nuestro pasado histórico. Tomados fuera de contexto pierden todo su valor arqueológico.
El constante incremento del número de museos en Estados Unidos y la creciente demanda de este tipo de restos arqueológicos por coleccionistas privados en Europa, Norteamérica, Japón y Australia, han agotado la oferta legal de estos objetos. La situación se agrava principalmente en países en conflicto. Recientes estudios muestran que el 45% de los lugares arqueológicos de Níger han sido dañados. En general, el tráfico ilegal de antigüedades florece en países donde la inestabilidad política o la guerra prevalecen. Las excavaciones ilícitas y el robo de antigüedades han sido especialmente severos en países como Líbano, Somalia, Camboya, Afganistán e Irak, en los últimos tiempos.
El botín en lugares históricos para obtener ganancias ilegales se ha convertido en el más serio reto de la herencia cultural universal. Por ello, la Unesco adoptó en 1970 la Convención con el fin de prevenir la importación ilícita, exportación y transferencia de la propiedad de bienes culturales. En 1972, tras su ratificación por los cuatro primeros firmantes, la Convención de la Unesco entró en vigor. Hoy son ya 109 los países que la han adoptado: Estados Unidos la firmó en 1983. El Reino Unido, en 2003. Tras la Convención, hubo museos, coleccionistas y tratantes que todavía utilizaron documentos falsificados para amparar sus operaciones de procedencia desconocida, ya que al incrementar las dificultades para el tráfico ilegal de antigüedades se elevaron los precios de las mismas y aparecieron colecciones privadas -previamente ignoradas- con objetos de procedencia silenciada.
De manera que aún cuando las adquisiciones hechas por grandes museos hayan sido ampliamente criticadas, los botines obtenidos de África, Asia y Latinoamérica han resultado altamente productivos. De este modo, la destrucción de lugares arqueológicos es todavía ampliamente practicada, y en ocasiones tan severa como para perder cualquier esperanza de reconocer su propia historia. Así, el arqueólogo Colin Renfrew advierte que la más importante pérdida ocasionada por la rapiña arqueológica es la destrucción de información, ya que aún cuando sobrevivan los hallazgos, al hallarse éstos fuera de contexto, se pierde su memoria histórica.
*Centro Unesco Valencia.