MATÍAS VALLÉS
Décadas de silencio acrítico en torno a la figura del Rey han propiciado un efecto boomerang. En cuanto se cacarea el pacto tácito sobre la monarquía
-como un logro democrático, para más inri-, se reconoce que no puede valerse por sí misma. Se la está desacreditando, al considerar que sucumbirá al mínimo embate adverso. El exceso de mecanismos de defensa ha dejado indefenso al Rey. En un debate atizado por el fuego de las fotografías quemadas, se dice lo contrario de lo que se piensa, hasta el punto de que la abdicación es postulada por monárquicos que repudian al sucesor.
Los absurdos diques de protección en torno a la institución, destapados por mor de la portada zafia de una revista satírica, se han vuelto en contra de la monarquía. La Reina de Inglaterra se enfrentó en solitario a los tabloides que hacen el mejor periodismo mercenario del mundo, los derrotó y en el proceso liquidó a Lady Di y a Tony Blair. Frente a la abrupta colisión británica, el pueril latiguillo «soy juancarlista, no monárquico» es más ofensivo que una profesión de fe republicana. Nadie se atrevería a declarar que «no soy demócrata, soy felipista, aznarista o zapaterista». En primer lugar, porque esa expresión descalifica a los citados como líderes democráticos.
Al negar la crítica, y considerar encima que ese amordazamiento es una victoria social, la espita puede estallar en la quema de imágenes. El ulterior voluntarismo punitivo destapa una legislación que era desconocida, y levanta las suspicacias de una ciudadanía educada en el igualitarismo teórico. ¿Por qué necesita más protección el Jefe del Estado que un entrenador de fútbol? La solución contra la proliferación del escarnio no es la censura ni una reforma del Código Penal -pronto llegarán las primeras propuestas al respecto-, sino la polémica abierta que sitúe el pretencioso ceremonial pirómano como la exteriorización de un folclorismo.
A la luz de las turbulencias actuales, adquieren su verdadera dimensión los lamentables pronunciamientos de los colegios de periodistas, tras el suicidio de una hermana de la princesa de Asturias. Dado que el mayor honor que se le puede dispensar en España a un profesional de la prensa es una caricia en el lomo a cargo de un miembro de la Familia Real, la plebe se ha tomado la polémica por su mano. Sin necesidad de repasar la lista de países con pactos tácitos sobre el Jefe del Estado -a la cual se ha incorporado la Rusia de Putin-, basta repasar el célebre pronunciamiento del Tribunal Supremo norteamericano, cuando sentencia que el debate político en todas sus parcelas ha de ser «desinhibido, robusto y sin complejos».
Quienes riegan con mimo su sentimiento antimonárquico -por considerar que la entronización de un linaje es incompatible con la democracia-, también deberán repasar la historia reciente de Estados Unidos. Aunque el mecanismo electoral resulte decisivo, en ese país han descubierto que, entre 300 millones de habitantes, la persona mejor dotada para suceder a un presidente es su hijo, en el caso de George Bush. O su esposa, verbigracia Hillary Clinton. Si la senadora por Nueva York vuelve a instalarse en la Casa Blanca, el país llevará treinta años gobernada por dos familias. Demostrará así una solidez dinástica superior al imperio romano. Lo mismo sucede en Argentina, por no hablar del caso de Polonia, equivalente a que los dos hijos de un rey se repartieran la jefatura del Estado y del Gobierno.
Con 32 años en el trono, Juan Carlos de Borbón reúne argumentos suficientes para justificar su tarea, al margen de su conexión con el régimen anterior y de la forma en que accedió al cargo. Ahora se dilucida si esa labor justifica el tránsito fluido a su heredero, que entorpecen habilidosamente los paladines a macha martillo del pacto tácito. Si la sucesión de un padre por un hijo es sumamente complicada en una empresa privada, ¿por qué iba a ser más sencilla en un Estado?
La estadística juega a favor de Juan Carlos de Borbón. Es el primer jefe de Estado después de Franco. En cuanto haya otros, su imagen se disparará. Así ocurre ahora mismo con Adolfo Suárez, idolatrado por los mismos que propiciaron su despeñamiento. Además, el Rey ha batido todos los récords de perdurabilidad, porque ningún profesional se mantiene durante tres décadas ininterrumpidas en la cima de su profesión. Ni siquiera los mitos de Holly-wood.