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La riada como metáfora

 
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JUSTO SERNA Necesitamos la mano de Dios porque sufrimos una gran riada de laicismo radical y beligerante que pretende inundarlo todo (...). Se trata ahora de echar a Dios de la vida pública, se debilita la estructura familiar de la sociedad, se rechaza la Ley Natural como fundamento y garantía de la dignidad de las personas. Cada vez nos resulta más difícil distinguir el bien del mal y somos incapaces de educar a las jóvenes generaciones (...). Poderosas fuerzas se han desatado sobre la sociedad de nuestro tiempo, como las aguas del Turia en 1957, que pretenden inundarlo todo (...). No podemos permanecer indiferentes».
Leo y vuelvo a leer esas palabras que Levante-EMV reproducía el lunes 15 de octubre. El párrafo anterior es parte de la homilía que el señor arzobispo de Valencia y ahora cardenal, Agustín García-Gasco, pronunció el domingo 14 de octubre con motivo del cincuentenario de la riada de 1957. He esperado a escribir esto para comprobar si alguien se enfurecía suficientemente, si alguien se indignaba con razón. Por lo que tengo visto, no parece que haya provocado gran escándalo. Tal vez porque no se le quiere dar importancia a lo que son palabras puramente metafóricas, se dirá; una analogía quizá excesiva pero, al final, mero recurso del lenguaje. Bien mirado, no es sólo un ardid expresivo: es, por el contrario, una exageración verbal en la que parece creerse sinceramente. Y eso es lo grave: que esas cosas se digan pensando que son idénticas una riada real y una riada metafórica. Sin duda, resulta un agravio, un doloroso sarcasmo para los damnificados del 57.
Pero no es el único ministro valenciano de la Iglesia que ha hecho afirmaciones desaforadas en tiempos recientes. Hace un par de años, por ejemplo, leí un despacho de agencia en el que se informaba de unas declaraciones del cardenal arzobispo emérito de Barcelona Ricard Maria Carles. En una entrevista a TV3, el clérigo valenciano decía: «Obedecer antes la ley que la conciencia lleva a Auschwitz». Con esta aseveración tan sorprendente, con esta contradicción insidiosa e impensable en una sociedad democrática, se refería a las bodas homosexuales o, mejor, a la obligatoriedad que contraen ciertos funcionarios de certificar ese acto por el hecho de ser eso: funcionarios.
El lenguaje religioso suele expresarse con parábolas, relatos aleccionadores que sirven de ilustración. Se cuenta una historia para sacar una enseñanza implícita. Cuando el lenguaje religioso opta por el énfasis metafórico, por la analogía expresa entre dos hechos que no tienen la misma condición, entonces suele resultar extremado u ofensivo. Por mucho que repudie una ley, el funcionario no puede equiparar un matrimonio gay al Holocausto. De igual modo, por mucho que alguien deplore la secularización no puede identificar el desbordamiento de un río (con su destrucción material, con sus víctimas, con sus damnificados) al laicismo, una irreligión que tiempo atrás se describía en términos de ola y ahora en clave de riada. Ya ven. Resulta tristísimo que algunas jerarquías del catolicismo establezcan estas equivalencias para iniciar una nueva cruzada (ay, la metáfora). Resulta doloroso que dos ministros de la Iglesia comparen lo incomparable. Por eso, los creyentes (los miembros de su grey, en definitiva) deberían afearles analogías tan desgraciadas. Los clérigos no tienen derecho a convertirse en jueces de quienes no formamos su rebaño, no tienen derecho a dictaminar sobre lo que creemos quienes no creemos y no tienen derecho a imponernos sus metáforas. Resulta sorprendente que estas cosas tan sabidas tengan que ser recordadas...
Quizá García-Gasco o Carles, tan dispuestos a enojarse con los laicos, debieran repasar aquel librito epistolar que firmaron Umberto Eco y Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, diez años atrás. Se titulaba justamente «¿En qué creen los que no creen?». Como señalaba Eco, la dimensión ética de lo humano no comienza cuando Dios nos da la mano (por emplear las palabras de García-Gasco), sino «cuando entran en escena los demás», de los cuales esperamos aprobación, respeto, tolerancia. Pero el reconocimiento de los demás, esos a los que debo ese trato, no es evidente: nos ha costado siglos de civilización salir de Edén para considerar a los otros como próximos. «Ni siquiera los cruzados sentían a los infieles como un prójimo al que amar excesivamente», añadía Eco con ironía. Y es que tolerar a los demás, respetar en ellos lo que nos incomoda, es un fruto ético que ha exigido mucho tiempo de riego, de dique cultural y de contención metafórica.

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