Una vecina del piso que se hundió se atrinchera para recuperar sus cosas
Vanesa, de 30 años y madre de cuatro hijos, amenazó con
tirarse al vacío si la desalojaban
indignadas
. Vanesa (izq) conversa con su vecina, Teresa, tras ser desalojada de su casa, donde ayer se atrincheró.
jose aleixandre
M. Vázquez, Valencia
La desesperación hizo ayer que una mujer, madre de cuatro hijos, estuviese a punto de arrojarse al vacío si la Policía Local y los bomberos la sacaban a la fuerza de su casa antes de que pudiese recuperar parte de sus objetos personales. Esa mujer era Vanesa, inquilina del edificio de la calle Salinas que el miércoles se desplomó parcialmente y lo que había entre las ruinas era su vida.
«No tengo nada -exclamaba entre sollozos-, no me ha quedado nada, ni siquiera el gato porque ha muerto en el derrumbe. Pero dentro de la casa todavía están mis muebles, la ropa, los certificados de nacimiento de mis hijos...». Así que ayer por la mañana decidió burlar la vigilancia e intentar recuperar sus enseres; saltó un muro que los operarios municipales han construido en mitad de la calle Salinas para impedir el acceso al edificio siniestrado y, ni corta ni perezosa, subió al piso. La descubrieron cuando apenas había entrado en su casa.
«¡Si alguno sube aquí me tiro, me tiro y lo digo en serio!», abroncaba Vanesa a los policías locales y a los bomberos que intentaban que saliese de la vivienda, cuya puerta había falcado antes para evitar, precisamente, ese tipo de interrupciones. «¿Que me queréis escuchar ¿Ahora ¿Y por qué no cuando avisé de que la finca se iba a venir abajo, de que se movía entera ¡No voy a bajar hasta que recupere mis cosas!», les sermoneaba a voz en grito mientras arrojaba por el balcón bolsas repletas de peluches y prendas de vestir.
Al cabo de varios minutos y tras mucha conversación, los bomberos, que iban a sanear la zona siniestrada, consiguieron que Vanesa aceptara salir del piso, no sin antes recuperar el perro de un vecino que todavía seguía en la finca e intentar llegar, sin éxito, hasta el gato de otra inquilina. Una vez en la calle, se derrumbó. «Sólo he podido sacar algunos muñecos y disfraces -trabaja de payasa, haciendo globoflexia y, eventualmente, de auxiliar de cocina-, pero los muebles y la ropa aún siguen allí».
Una mudanza que evitó la tragedia
Afortunadamente, ni ella ni sus hijos estaban en la vivienda en el momento del derrumbe y ahora no tiene que lamentar males mayores. «Si esto llega a pasar hace una semana, mis hijos habrían estado dentro y entonces sí que habría sido una desgracia de verdad... Hace ocho días nos mudamos a una casa que me prestaron porque me daba miedo seguir aquí, pero sólo es un parche temporal».
Hace unos meses Vanesa y sus hijos, que pagan «alquiler por la casa desde 2001 aunque, desde hace dos años, acordé con la dueña que ese dinero era para reparar el piso», ya tuvieron que abandonar la vivienda y buscar cobijo en las casas de varios amigos porque «cuando empezaron a derribar las fincas contiguas -la intención es recuperar la antigua muralla árabe-, nuestro edificio se movía entero y en mi casa llegaron a caerse varios trozos de techo. La única solución que me dieron en el ayuntamiento fue que, por nuestra seguridad, nos marcháramos mientras durasen las obras».
Precisamente esos derribos son, según Vanesa y otra de las inquilinas, Teresa, «los que han causado el desplome de nuestras casas. El ayuntamiento tiene abandonado el barrio y a muchos de sus vecinos, pero nos tienen que escuchar y realojarnos, facilitarnos un sitio donde vivir sin miedo a que se nos caiga encima».
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