EDITORIAL
El apuñalamiento en Valencia de un joven a manos de un grupo neonazi es una llamada de atención sobre la violencia que de manera organizada grupos neonazis ejercen contra grupos como inmigrantes, homosexuales o personas que utilizan vestimentas alternativas.
No se trata de hechos aislados o de ocasionales peleas entre jóvenes por discusiones espontáneas. Son, por el contrario, lo que se ha dado en llamar «cacerías» organizadas por estos grupos de ideología fascista contra individuos o colectivos que ellos identifican con la diferencia y que, de acuerdo con su mentalidad intolerante, deben ser perseguidos o exterminados.
La agresión al joven de Valencia, quien sufrió una herida por arma blanca que no fue mortal gracias en parte a las ropas que vestía, fue perpetrada por un grupo de una docena de personas armadas con palos y perterechadas con cascos. Ello es un indicio claro de que la agresión no fue un hecho fortuito, sino que era la finalidad del grupo, como en las expediciones de castigo en las calles de las ciudades alemanas que hicieron tristemente célebres a las SA o grupos de asalto del partido nazi en los años treinta.
El hecho de que el presunto autor de la agresión fuera puesto en libertad por el juez al día siguiente de los hechos no deja de ser preocupante. Frente a la actividad premeditadamente violenta de los grupos neonazis solo cabe la firmeza del Estado de Derecho, mediante la actuación diligente de la policía y la judicatura, para garantizar la libertad y la integridad de los ciudadanos.