Alfredo Brotons Muñoz
S eis meses después de admirar con la en sí estupenda Sinfónica de Gotemburgo, volvió al Palau Gustavo Dudamel (Barquisimeto, 1981), esta vez al frente de la orquesta con la que ha protagonizado uno de los fenómenos musicales con más repercusión extramusical de los últimos años en el mundo. La expectación era enorme, como demostraba el rápido agotamiento de las localidades. El éxito, sin embargo, superó las expectativas de muchos, en especial las de quienes acudían al concierto con el bulto de la lengua contra la mejilla bien visible.
Dudamel, en realidad, pone cara mediática al extraordinario trabajo llevado a cabo por la benemérita organización creada en los años setenta por José Antonio Abreu con el objetivo de, a través de la música, salvar de la pobreza y la marginación a una cantidad ingente de jóvenes venezolanos. Además, es un director de orquesta con un talento formidable, dominador de una técnica impecable y muy sobria... en relación con la espectacularidad de sus resultados.
Uno de los beneficiosos efectos colaterales de la popularidad alcanzada por estos músicos ha sido el incremento en la difusión de la música sudamericana que ha traído consigo. Como por otra parte también podría decirse de los compositores del norte de ese continente, el rasgo colectivamente más distintivo sería el acusado realce de la componente rítmica. El programa anunciado y las dos propinas agregadas constituyeron una auténtica fiesta del ritmo. Iniciado con el más conocido Sensemayá del mexicano Revueltas, continuado en la misma vena por Mediodía en el llano y Santa Cruz de Pacairigua de los venezolanos Antonio Estévez y Evencio Castellanos respectivamente y concluido con La consagración de la primavera, el recuerdo de la novela de Alejo Carpentier que precisamente arranca con un bombardeo sobre nuestra calle del Trinquete de los Caballeros se le venía a uno a la mente casi inevitablemente.
Ante tan desbordante entusiasmo como exhibieron y contagiaron los intérpretes, quedan por fuerza en segundo plano reflexiones como la que en otro contexto provocarían el recurso a una dotación instrumental que nunca debió de bajar de la centuria, reparos ante ciertos amaneramientos en el fraseo y excentricidades tímbricas en Stravinski, o la constatación de algunos fallos en los solos. Ver finalmente a todos aquellos jóvenes que apenas cabían en el estrado no sólo tocando sino bailando el Mambo del West Side Story de Bernstein o el Malambo de las Estancias de Ginastera quedará grabado de modo indeleble en la memoria de cuantos presenciaron el acontecimiento.