Con el reflejo desvaído de una Feria de Sevilla que concentró todo su esplendor en apenas tres tardes, se da paso a un San Isidro que desde el mismo instante que se dieron a la publicidad sus carteles hicieron más acopio de censura que de halagos, esencialmente por las ausencias de José Tomás y Cayetano, pues la de Enrique Ponce pesa menos en el ánimo de los aficionados al haber declarado el torero de Chiva, al finalizar su actuación San Isidro´08, que aquella tarde podía haber sido su "último paseíllo en Las Ventas".
Sin embargo, la historia así lo dice, el abono madrileño siempre se guarda un manojo de sorpresas que hacen que los aficionados afronten el serial con cierta dosis de esperanza. Si en el abono maestrante han fallado los toros y también algunos toreros, como lo demuestran las quejas de las distintas asociaciones de abonados que claman por que echen a Canorea, hay que pensar que el equipo que comanda el ya célebre Florito, a estas horas debe estar embarcando para Las Ventas reses de muy distinta condición para que puedan provocar ese clima de emoción y pasión tan necesario para que un serial tan extenso, treinta días continuados de toros, acabe siendo motor del resto de la temporada.
De tal suerte que si la moneda de la bravura cae de cara, comenzarán a escribirse bonitas historias. Sin olvidar, quede claro, que Madrid, si eres aspirante a la gloria, en una primera impresión, es capaz de dártela por completo. Pero si por el contrario, ya eres poseedor de la misma, te exige tanto que hay que ser muy buen torero y tener la fuerza mental de un Rafa Nadal, para superar la prueba. Esa es la grandeza de esta plaza. De ahí que cuente tanto el toro, su condición, su presentación, la bravura, y tanto o más, el compromiso de los toreros.
Para muestra, lo sucedido en el prólogo que es la Feria de la Comunidad, una programación que a priori tampoco despertó gran interés y, sin embargo, ya ha aportado dos actuaciones, las de Luis Bolívar y Diego Urdiales, ante un potable encierro de Carmen Segovia, que no por prematuras deben dejar de contar a la hora de los balances allá por las calendas de junio. Se trata de dos toreros conocedores de la dureza que supone tenerse que ganar los contratos uno a uno y a golpe de corazón, muy curtidos y que piden a través de su sincera entrega se les permita sentarse en el banquete de las grandes ferias.
Así que envueltos en este clima de precavida esperanza, los aficionados han comenzado a enfilar ya la calle Alcalá abajo camino de Las Ventas del Espíritu Santo, con la intención, y también la ilusión, de poder ver a un deseado Miguel Ángel Perera junto a los triunfadores de Sevilla, que ya lo saben, han sido Morante, El Juli, Manzanares, Luque -para mí éste tuvo tanto o más mérito que Talavante-, y esa nómina de toreros más nuevos que vienen reclamando atención, entre los que Rubén Pinar es quien ofrece más seguridad en el éxito final.
Y a propósito de los triunfadores de Sevilla. Una vez visto el resultado de los distintos premios que distinguen lo más destacado del serial hispalense, queda contestada una de las preguntas que nos hacíamos la semana pasada referida al trato que le ha dado la afición sevillana a Morante, muy por debajo de los méritos contraídos ante los toros de Victorino, el Torreón o Juan Pedro: o bien los aficionados sevillanos no han descubierto todavía al de la Puebla, que ya es grave, o no comulgan con las excentricidades de este torero fuera de la plaza. Las dos cosas dicen poco de una afición que tiene fama de valorar a los toreros por lo que hacen en la plaza, más por el fondo que las formas. Al menos así era hasta ahora. Porque otro espada que, según lo visto y leído, no tenía que haberse quedado ayuno de premios es el muy torero, por responsabilizado, poderoso y firme, Julián López El Juli, y todo sin restarle mérito alguno a José María Manzanares quien ha acaparado la práctica totalidad de los premios en liza. Cuestión de formas.