FRANCISCO CARRIÓN.EFE
"Vivimos en una sociedad que cuenta cada día con más personas mayores competentes y con menos escupideras", ha señala a Efe Ramón Bayés, profesor emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor de "Vivir: Guía para una jubilación activa" (Paidós).
La periodista Rosa María Calaf dio por concluida su carrera profesional en RTVE el 1 de enero de 2009, después de tres décadas como corresponsal en Nueva York, Moscú, Buenos Aires, Roma, Viena y Asia, y como resultado de un Expediente de Regulación de Empleo de prejubilación que afectó a 4.130 profesionales.
Para Calaf, nombrada hace unos meses presidenta del Centro Internacional de Prensa de Barcelona, la prejubilación es "una etapa en la que por primera vez no tengo que ir ni a la facultad ni al trabajo y en la que hay tiempo para hacer lo que me da la gana, aunque -apostilla- eso no significa que no esté totalmente en contra de las prejubilaciones".
"Los supervivientes de las jubilaciones, reparados en hospitales, provistos de gafas y audífonos, prolongamos nuestra fecha de caducidad hasta edades increíbles en otra época", ha contado Bayés, quien considera el trabajo como una fuente de autoestima e interacción social, capaz de retardar la demencia.
Una sociedad envejecida, que lo será aún más cuando la generación del "baby boom" -nacida entre finales de los cuarenta y principios de los setenta- alcance esta edad, se enfrenta al desafío de "qué hacer con quienes llegan a la jubilación con buena salud y a los que les quedan veinte o treinta años de vida", según el profesor.
La "epidemia de prejubilaciones" de los últimos años, animada por la crisis económica, agravará -ha señalado Bayés- el problema en una sociedad "diseñada para jóvenes consumidores de la inmediatez".
Moisés y Marc Broggi, padre e hijo, tienen 101 y 67 años, y son ejemplos de actividad, pues "la vejez no es un problema de vivir mucho, sino de vivir con bienestar", considera Bayés.
Médico de las brigadas internacionales durante la Guerra Civil, Moisés ha sobrevivido al centenario con la misma lucidez con la que manifiesta que es un error obligar a una persona a jubilarse a los 65 años.
"A esa edad existe gente que está en la plenitud, cuando a otros habría que jubilar a los 20 años", ironiza Moisés, que fue inhabilitado para trabajar en la sanidad pública tras la Guerra Civil y que se refugió en la privada hasta que a los 85 puso fin a su vida laboral.
A juicio de Bayés, si uno es eficiente en el trabajo y le gusta lo que hace, "lo lógico sería que hubiera una jubilación flexible", pues "la obligatoriedad actual viene a ser una especie de discriminación por edad", denuncia.
"Si la sociedad no fuera tonta, aprovecharía esa experiencia exprimiéndola como hacen los anglosajones", apunta Calaf, quien destaca los incentivos creados por los japoneses para evitar jubilaciones de "un bien social que no puede ser dilapidado".
Marc Broggi, que llegó a la jubilación "sin esperarlo ni quererlo" y obligado por una ley que redujo la edad de 70 a 65 años, dedica su tiempo al Comité de Bioética de Cataluña, del que es miembro.
Pero, ¿cómo permanecer activo más allá de los 65 años? Bayés señala cuatro opciones: continuar con las tareas de siempre si nos gustan, "algo fácil para artistas, profesionales liberales o agricultores"; encontrar otras ocupaciones como cultivar un huerto o colaborar con una ONG; aburrirnos; y caer en la depresión.
"Creo que tenemos la obligación de devolver lo que hemos recibido quienes tuvimos el privilegio de hacer aquello que queríamos", reconoce Calaf.
Para Moisés, con una agenda repleta de actos culturales y científicos, "lo peor para un viejo es quedarse sentado en una silla y no hacer nada. Entonces sí estará acabado".