Pilar Rubiera, Oviedo
«Una reina no se improvisa. Ser princesa es una segunda piel con la que se nace». Sofía de España pensaba así en 1995, cuando la periodista Pilar Urbano escribió su primer libro sobre ella, titulado La Reina. Trece años después, cuando ambas mujeres vuelven a reunirse, una para hacer preguntas y otra para responder, conversaciones que darían lugar a un nuevo y polémico libro, La Reina muy de cerca, doña Sofía rectifica.
La cuna ya no es imprescindible. La sangre azul se ha mezclado definitivamente con la roja. «Una de las conquistas de la realeza actual es que ellas y ellos pueden casarse libremente, por amor». Como dice Pilar Urbano, queda abolido el morganatismo como impedimento para reinar. Letizia Ortiz Rocasolano, la periodista asturiana que enamoró a Felipe, la plebeya divorciada, hija, a su vez, de padres divorciados, la mujer perfeccionista y exigente, tiene algo que ver en este cambio de opinión.
La pregunta es: ¿cómo se llega a ser una buena princesa? Aunque la historia va de príncipes y de amor, la realidad no tiene nada que ver con los cuentos. Aquel 22 de mayo de 2004 en un Madrid lluvioso y todavía recuperándose de la tragedia de los trenes, Letizia se vistió de princesa y comprobó que la alta costura de Pertegaz también duele. El corsé apretaba, quizás una metáfora de que la andadura que iniciaba no sería fácil. Pese a todo, en el altar de La Almudena, comentó a su príncipe: «¡Es todo tan hermoso!».
Más tarde, en el banquete, Felipe volvió a declararle públicamente su amor. «No puedo ni quiero esconderlo, imagino que salta a la vista: soy un hombre feliz (...) me he casado con la mujer que amo». Y dirigiéndose a ella le dijo: «Hace poco más de un año dimos los primeros pasos que, con amor y serenidad, nos han traído hasta aquí».
«Lo suyo es una historia de amor», declara Pilar Urbano. «La sociedad necesita ver amor y lo suyo se ve que es real, auténtico. Y Letizia ha humanizado al Príncipe. Antes parecía altivo, distante y ahora lo ha cambiado. Al principio, él le daba seguridad a ella y ahora es Letizia la que se la da a él», añade. Un traje y más de alta costura siempre hay que adaptarlo. Y a ello se aplicó Letizia. «Es inteligente, se mete a muerte en lo que hace», dice uno de sus allegados. Al principio no fue fácil.
Es una mujer de carácter y de estallidos. Tuvo un apoyo fundamental en su marido, también en la Reina. Hacía bien su trabajo, no metía la pata, pero se escuchaban críticas. Su papel institucional la obligó a controlar la espontaneidad inicial que tanto gustó al pueblo y tanto molestó a los guardianes de las esencias. Aprendió a ir un paso por detrás del Príncipe pero, a cambio, Felipe avanzaba hacia la gente, rompía el protocolo. Y leía los discursos mejor. Y sonreía más. Y llegó Leonor, tras un embarazo complicado y la primera cesárea. Se convirtió en madraza y supo que tampoco eso es fácil. Durante meses escuchó bulos sobre supuestos defectos de la infanta causados por un parto complicado.
La pareja continuó cumpliendo con su programa oficia. Letizia parecía ganar seguridad. En febrero de 2007 recibió un duro golpe, la muerte de su hermana pequeña, Erica, a los 31 años. En este tiempo también enterró a su abuelo paterno, José Luis Ortíz, y a su abuela materna, Enriqueta Rodríguez. El nacimiento de Sofía, también por cesárea, la tranquilizó.