Llámenlo casualidad, pero esta semana he leído dos noticias sobre animales que caminan en círculos y las dos me han hecho pensar en ese otro animal que es el ser humano y que vive perpetuamente en un círculo vicioso aunque, como cantaba Joaquín Sabina en "Eclipse de mar", el diario no hable nunca de eso. Concretamente, la letra de Sabina dice algo así como hoy mi amor, igual que ayer, como siempre, el diario no hablaba de ti ni de mí. Pero no quiero escribir ni sobre Sabina ni sobre sus letras, sino sobre los animales que viven en círculos viciosos, a saber: el hombre, el rinoceronte y los canguros de la isla de Tasmania. De los tres redondeles el que más me gusta es el de los canguros australianos. Durante años el hombre creyó que los alienígenas aterrizaban en los campos de amapolas para dejarle señales y ahora se desayuna con que de extraterrestres nada de nada: los canguros se ponían ciegos de amapolas y el colocón les daba por dar vueltas. Esta historia mola mazo. Esto no lo cantaría Sabina, sino Camilo Sexto. Pero tampoco quiero hablar sobre Camilo ni sobre sus letras, así que les cuento ahora lo de Rómulo, el rinoceronte blanco del Bioparc que se ha tirado veinte años en una especie de zulo caminando en círculo y que ahora no sabe hacer otra cosa. Si olvidamos el detalle de que pertenezcamos a especies distintas, coincidirán conmigo en el hecho incuestionable de que somos iguales porque todos vivimos como en un bucle, ya sea porque tengamos el síndrome del canguro de Tasmania o el del rinoceronte blanco, vamos, porque estamos ciegos en el sentido literal o en el figurado, y no somos capaces de salir de ahí. No. No soy Bucay. Soy Amoraga. Una Amoraga, lo confieso, infinitamente triste al leer la historia del pobre Rómulo. No sólo por él. A nosotros nos pasa lo mismo en infinidad de aspectos de nuestra vida. Personal, sentimental, profesional, políticamente hablando. ¿Por qué vivimos con esa persona que ya no nos gusta? ¿Por qué aguantamos un trabajo que nos desagrada? ¿Por qué sigue gobernando el mismo señor quiera o no a sus amiguitos? Pues porque somos Rómulo: a todos no-sotros nos han puesto en el camino palos y mierda para que nos decidamos a cambiar y no somos capaces de hacerlo. Qué lástima.
Claro, que si yo fuera Rómulo no tendría mayor interés en ampliar mi mundo por más que se empeñaran en fomentar mi curiosidad por los espacios y los seres vivos. A lo mejor Rómulo sabe que le queda mucha vida por delante y que lo único que podrá hacer es provocar los celos del otro macho del Bioparc, cuyo destino es trajinarse a las rinocerontas de la manada, un destino mucho más agradecido que el de Rómulo, como cualquiera puede figurarse.
Y si yo fuera canguro de Tasmania, seguramente tampoco me vendría bien dejar los círculos ni la alegría de las amapolas, aunque sea una felicidad superficial. Ay. Sus historias son reales como la vida, y eso me da pena porque si me pregunto cuántos Rómulos, cuántos canguros hay en el mundo puedo responder sin temor a equivocarme que muchos más de los que me gustaría. Aunque el diario no hable de ellos, ni de ti, ni de mí. Como siempre, que diría Sabina.