NATALIA VAQUERO
Señor Blahnik, le noto alterado...
¡Qué va! Estoy encantado de haberme cogido unos días libres. Estoy harto de oír hablar de crisis. Lo que hay que hacer es trabajar y crear empleo, en vez de estar con esta estúpida paranoia. La vida no es sólo dinero.
Eso lo puede decir usted, que es capaz de vender un par de zapatos por 3.000 euros. Convénzame de que unos «stilettos» los valen.
No podría. Aún no he logrado explicarme cómo se pueden cotizar tan alto unos zapatos.
¿Quiere decir que sus zapatos no tienen nada de particular?
Cada día trabajo con más fuerza y soy más autocrítico. La gente no es tonta y se da cuenta de que mis zapatos están hechos con amor.
Será su amor lo que cotiza alto.
Yo respeto a las personas que compran mis zapatos y cuido hasta el más mínimo detalle. Los chinos hacen cosas simpatiquísimas por un euro, pero yo sigo manteniendo la fábrica en Milán, donde se mima desde el bordado hasta las perlas. Podría trasladar la fábrica a China y abaratar el producto, pero no lo hago.
Le tachan de obsesivo.
Obsesivo y neurótico.
Usted es para muchas personas un dios de la imaginación.
Me parece muy presuntuoso. No me gusta leer lo que la gente dice de mí y odio a los aduladores.
¿Podría alguien hacer una falsificación de sus zapatos?
Las hacen constantemente. Ya no me importa que me copien.
¿Sigue pensando que la moda ha llegado a la vulgaridad total?
Al ridículo total. Hoy se quiere llamar la atención a cualquier precio.
¿Sabe que al igual que los «manolos» en España ha surgido el término «letizios»?
No lo sabía. He coincidido con la Princesa Letizia en una ocasión. Me pareció encantadora y natural, pero creo que ha perdido esa espontaneidad. ¿Qué tipo de zapatos se pone?
Muy altos.
¡Qué maravilla! Ella puede subirse a unos altísimos «stilettos» aprovechando la altura de su marido. Lo que no me gustan son las plataformas, me parecen una ordinariez.
¿De dónde le viene a usted la manía de hacer zapatos?
No lo sé. Mi mamá era muy guapa y elegante. En La Palma no había nada que hacer y yo esperaba la llegada de los barcos con revistas de Argentina. Veía el «Vogue» o «Times» y ahí se fraguó mi interés por la moda y por los pies. Miraba las esculturas grecolatinas y les cortaba los pies.
¡Qué pensarían en La Palma hace 60 años!
-Mis padres siempre me apoyaron. Mi papá era checo y siempre recibí una educación diferente. Era un bicho raro porque era el único extranjero de la isla, un personaje de novela de Corín Tellado. Hizo un crucero en 1929 y llegó a La Palma. Vio a mi mamá en la ventana y se enamoró. Ni hablaron, ni se tocaron, ni nada. Al año siguiente regresó.
¿Cómo aprendió el oficio?
Nunca lo he aprendido. Mis padres veían que yo era un niño raro que no iba a servir para recoger plátanos. Me mandaron a Ginebra. No me veía como bibliotecario o profesor y se me ocurrió irme a París y a Londres. Supe que quería transmitir cosas a través del trabajo de mis manos y aquí me tienes.