De madrugada y por sorpresa ha muerto Valerio Lazarov. Una de esas personas que piensas que no va a morir nunca. Le proclamé en más de una ocasión como uno de mis maestros. Me impactó con esta frase: "Lo importante en periodismo no es enseñar a Fraga en una rueda de prensa; eso lo muestran todos. Lo importante es grabarle cuando sube las escaleras, manoteando, abroncando a sus colaboradores. Eso interesa más a la gente".
Tenía razón Valerio. Y sigue teniéndola, más aún en estos tiempos. ¿Quién investiga hoy las circunstancias periféricas a la noticia? ¿Quién se indigna ante los abusos del Estado, quién denuncia los desmanes de los gobiernos? Ya sé que no era un apasionado de la política. Ni un ideólogo. Aue habrá quien diga que fue un pionero en la frivolización. Valerio era un profesional de la diversión y de la información. Tenía cosas buenas y cosas malas, como todos; era humano y no era, sin embargo, uno más. A mí me enseñó mucho, y lo hizo por vías expeditivas: más de una vez me llevó a negro. Al final, lo querías, aunque otros lo odiasen. Aquellos telediarios con él fueron irrepetibles. Era un innovador. Era un hombre libre que fomentaba la libertad. Casi nada. Tengo la agobiante impresión de que con Valerio se acaba una época de la comunicación, la era de Valerio.