Hay muchos temas que están sobrevalorados. No me cansaré de repetirlo nunca. La sinceridad, por ejemplo, tiene mejor prensa de la que merece. Ya lo he dicho más de una vez: cuando alguien me dice que va a serme sincero yo me echo a temblar. A temblar, literalmente.
Primero, porque doy por sentado que hasta ese momento no ha hecho otra cosa más que comerme la oreja y decirme lo que yo quería oír, y segundo, porque me voy preparando para asimilar el dolor de su sinceridad.
Aún no se ha dado el caso, al menos en mi persona, de que el sincero en cuestión se disponga a darme una buena noticia. Voy a serte sincero: estás estupenda; voy a serte sincero: tus novelas son geniales; voy a serte sincero: tus columnas son dignas del pulitzzer. Qué va. Todo lo contrario. La sinceridad, cuando se anuncia, sólo tiene que ver con cosas desastrosas que mejor estarían encerradas en el silencio.
A ver: que yo no estoy en contra de la sinceridad: a lo que me opongo es a la sinceridad dolorosa, a la que no viene a cuento, a la que se recurre para hacer más bien al que la suelta que al que la recibe.
La otra, la sinceridad que no se vocea, la que es tan discreta que casi pasa desapercibida, tiene toda mi aprobación y quienes la practican cuentan desde ya con mi admiración para los restos. Amigos: desconfíen de quien presume de sincero, se lo digo desde ya.
Pero no sólo es la sinceridad la que está sobrevalorada. También lo está el buen humor, el buen carácter o el pensamiento positivo. Esto último, lo del pensamiento positivo, no lo digo yo. Lo ha dicho un estudio americano, que asegura que pensar cosas del estilo "soy estupendo", "voy a tener éxito", se vuelven en contra de uno mismo y hacen que acabemos sintiéndonos peor de lo que estábamos cuando decidimos decirnos que éramos los mejores para levantarnos la autoestima.
Para el estudio, los especialistas le pidieron a personas con baja y alta autoestima que repitieran la frase "Soy una persona querible", para luego medir los estados de ánimo y los sentimientos de los participantes y descubrieron que los individuos que comenzaron el estudio con baja autoestima se sintieron peor después de repetir esa frase, seguramente porque "es frustrante para la gente cuando lo intenta y no funciona".
Los autores del estudio (los psicólogos Joanne Wood y John Lee, de la Universidad de Waterloo, y Elaine Perunovic, de la Universidad de New Brunswick) son de esas personas afortunadas que no tienen de esos amigos a los que me refería antes, ya saben, esos que te anuncian que van a ser sinceros cuando menos te lo esperas.
De tenerlos, a esos amigos, este estudio no hubiera salido a la luz porque seguro que alguno de ellos, de sus amigos, les hubiera dicho: voy a serte sincero, John/Joanne/ElaineÉ ¿y todo esto, con la que está cayendoÉ pa qué?