Un dilema clásico plantea si un humano preferiría vivir con Scarlett Johansson una relación apasionada de la que nadie se enterara, o pasear junto a ella —y nada más— por uno de los lugares más concurridos de la civilización. La segunda opción obtendría mejor acogida de lo imaginable, aunque empobrecería la vida sexual de las celebridades. Los fanáticos no muestran reparo en utilizar a sus iconos como trampolín para empeños posteriores. La opción asexuada resulta comprensible a la hora de ser vista junto a Jesulín, pero bordea la blasfemia al considerar a George Clooney.
La fama es una enfermedad de transmisión sexual. A partir de esta premisa, y en estricta aplicación de la ley de la oferta y la demanda, las estrellas se embarcan en relaciones desechables. El amor agota las metáforas de la zoología. Todo hombre es un tigre para su pareja y un cerdo para su ex, metamorfosis que se sustancia en el plazo de días. Las despechadas de cualquier sexo disponen de foros donde expandir su frustración, y George Clooney es la última víctima de sus víctimas. Hoy sabemos que el actor no sobresale por su fogosidad en el lecho. Lo ha divulgado su penúltima inamorata, Sara Larson, la cual ha añadido que el protagonista de Syriana promete amor eterno y matrimonio inmortal a cada eslabón de su cadena de conquistas. Las estrellas han metido a los paparazzi en la cama. Sorprende la larga lista de mujeres dispuestas a que Clooney les mienta con la promesa del amor incondicional que, por definición de celebridad, sólo puede sentir por sí mismo.