PEDRO TOLEDANO
El mundo del toro perdía a un maestro que hoy es leyenda y cuyos hijos han heredado su arte y pasión.
Año tras año, y van 25 ya, recupero de mis recuerdos todo aquello que he venido escribiendo de la muerte del torero y amigo Francisco Rivera «Paquirri», y siento que todo lo dicho hasta ahora mantiene la feroz vigencia emocional que le di y resume los sentimientos, las apreciaciones críticas y algunos recuerdos personales que este comentarista quiso poner sobre el papel del periódico.
Se me hace difícil no repetir ciertos conceptos sobre el torero porque forman la esencia de su código taurino de siempre y son y serán reproducibles en cualquier circunstancia. La gente, los aficionados de los años sesenta, setenta y ochenta, podrían remachar con el clavo de su memoria las condiciones objetivas del toreo de Paquirri, su fortaleza, su entrega, su entusiasmo, su técnica, su valor y su dominio de las distintas suertes y con ello no estarían, como yo mismo estuve, sino fijando una parte de su personalidad, esa que en los ruedos le dio carta de naturaleza y le aupó a la cumbre.
Es cierto que Francisco Rivera era eso y que de esa combinación de elementos fraguados con mucho esfuerzo a lo largo de su aprendizaje, salieron los trazos densos y redondos de la gran cantidad de buenas y grandes faenas que hizo en sus dieciocho años de matador. Pero el aficionado, el degustador de biografías o el simple interesado, debe saber además que el torero era un tipo sencillo y sensible, entregado a su profesión, enamorado de la vida, un conversador sincero, un amigo intachable y un padre preocupado permanentemente por sus hijos, su educación, sus progresos, su integración como seres humanos en un contexto social complejo y muy ruidoso.
Por eso ahora, cuando se cumplen veinticinco años de aquel fatídico veintiséis de setiembre del 84 en Pozoblanco, al desempolvar mis recuerdos e intentar gestionar mis emociones con un cierto orden, al menos con un rigor añejo pero no desbocado, creo que debo refrendar esa actitud de padre y ajustarme al trazo pedagógico de la sangre para hilvanar mi recuerdo.
Paco ni en los sueños más pegados a la profesión que había abrazado con tanto empeño podría haber llegado a pensar que con el tiempo sus dos hijos mayores iban a elegir ser toreros, aunque un cierto soplo espiritual le avisara de esa posibilidad y se regocijara íntimamente. Que además los dos iban a ser figuras de ferias y mucho menos que iban a representar tan fielmente las dos castas toreras que los engendraron, eso ni con el soplo de soñador aventajado. Lo cierto, al margen de cualquier previsión, es que ambos pueden presumir de haber heredado elementos del código familiar y de haberlos ahormado desde actitudes diferentes. No se trata de relatar rasgos físicos, pues la mezcla en ambos es evidente, sino de precisar las expresiones de su tauromaquia.
Francisco la basa en la ortodoxia. Durante su trayectoria los públicos han visto evolucionar su quehacer delante de los toros. Ya su arranque fue de auténtica figura del toreo. La tarde de su alternativa, el 23 de abril de 1995, ante una complicada corrida de Alvaro Domecq apostó como siempre lo han hecho los toreros que han sido grandes. Esa tarde fue «Paquirri» por todos los poros de su piel, como la siguiente y muchas más de las sucesivas. A partir de ahí creció tanto que todavía hoy, catorce años después, sigue mereciendo el favor de los públicos que llenan las plazas para verlo.
Por su lado, Cayetano, tardío en la defensa de su vocación definitiva y necesitado de una especial tutela en la trayectoria inicial, ha conjuntado, con toda probabilidad, de manera inconsciente, los modos de entender el arte de torear que pregonaban las distintas ramas de su árbol genealógico. Dicha conjunción de modos da como resultado la largura de su toreo y la profundidad de su mensaje estético. Planta, quietud, empaque, arrestos. Lo tiene todo para ser figura y mantener su cartel muy alto en la próxima década.
Francisco y Cayetano suscriben la herencia del padre, la reafirman, la ensanchan, la sostienen. Y en ese hálito que recorre las plazas con sus apellidos o sin ellos, se deja oler el viejo aroma de Francisco Rivera «Paquirri"» su recia trayectoria, su textura de torero auténtico. Sus hijos le sugieren y le transforman, pero su recuerdo permanece intacto en la memoria de los aficionados y en corazón de sus amigos.