Reeducación

Jóvenes conflictivos en busca de una nueva oportunidad

Ésta es la historia de 72 adolescentes que un día se creyeron los reyes de la calle, de la casa y de su pandilla. Robaron, se metieron en peleas, maltrataron a sus padres, cometieron abusos sexuales o violaron. El juez los mandó al reformatorio y perdieron su libertad. Ahora, unos educadores intentan cambiar sus hábitos para lograr la reinserción. Así pasan los días y ven el futuro los internos de la Colonia San Vicente Ferrer, el centro de reeducación más grande de la Comunitat Valenciana.

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­Paco Cerdá
Óscar tiene 16 años, es novillero y sueña con tomar la alternativa. Pablo, de la misma edad, pretende enrolarse en el Ejército. Y a Alexander, de origen rumano, le gustaría hacer algo grande en el fútbol. Sus nombres —como todos los que siguen— son ficticios. Pero lo que sí es real, crudamente cierto, es que sus proyectos de vida se han truncado. Tras pegarle a su madre aquel 23 de agosto y pasar una noche imborrable de calabozos y policías, Óscar acabó en el reformatorio para no sabe cuánto tiempo. A Pablo, las peleas y los robos le han costado nueve meses de internamiento, y todavía le quedan cinco juicios pendientes. Alexander sí que tiene clara su condena: lleva un año y tres meses sin salir a la calle y todavía le restan algo más de tres años entre las paredes del centro de reforma. Es culpable de violaciones.
Los tres chavales son internos del centro de reeducación juvenil La Colonia San Vicente Ferrer de Burjassot, el más grande, antiguo y emblemático reformatorio de la Comunitat Valenciana. Han acabado allí, como sus otros 69 compañeros, por orden de un juez. Un magistrado que, previa denuncia, decidió poner más orden y autoridad en sus vidas. Que consideró que nunca es tarde para modelar la personalidad. Y para ello, para cambiar, residen en La Colonia.
El centro está dividido en seis grupos autónomos. Uno de chicas; dos de adolescentes de 14 a 16 años; otros dos de jóvenes de 16 a 18; y el módulo de cerrados. Los primeros salen de viernes a domingo con frecuencia semanal, quincenal o mensual, según el régimen de cada cual. Los diez chavales internados en el grupo cerrado, en cambio, tienen prohibida la salida. De hecho, permanecen aislados en un módulo separado y no tienen contacto con los otros 62 menores.
La seguridad que les rodea es también mayor. Como el resto de internos, han de pedir permiso para ir al baño —siempre de uno en uno para evitar imprevistos dentro—; son vigilados en la ducha para que no rompan el espejo y puedan agredir a un compañero o autolesionarse; y duermen en habitaciones con barrotes en las ventanas y con puertas pesadas que sus educadores cierran con llave cada vez que ellos están dentro. Si quieren salir del cuarto, han de pedírselo a uno de los tres o cuatro educadores que los vigilan las 24 horas del día. Pero en las habitaciones del módulo cerrado, además, las puertas tienen una pequeña ventana que permite vigilar el interior de la estancia, para una o dos personas. Así son también las habitaciones de aislamiento, que se utilizan para sancionar las faltas graves de los internos, y en las que un chaval puede pasar de 3 a 7 días encerrado y solo. Es el peor castigo.
Sobre el papel todo puede parecer opresor, incluso angustioso. Pero muy pocos internos se quejan. Saben que los otros siete centros reeducativos de la Comunitat Valenciana son aún más duros: altos muros con alambradas, vigilantes de seguridad con porras y esposas, camisas de fuerza para casos extremos, un ambiente más marcial… Todo, eso sí, ajustado a la ley de responsabilidad penal de los menores.
Estar encerrados, obviamente, les pesa a todos. Con un lenguaje exquisito y una retórica propia de licenciado, Óscar lo explica con claridad: «Lo peor es la privación de la libertad. Yo no me siento libre desde que entré aquí porque siempre he tenido a un educador cerca merodeando. A la larga, estar siempre controlado se hace pesado y da una sensación de agobio», dice.
A otros chavales les cuesta más lidiar con otras dificultades. Antes de llegar al centro fueron los reyes de la calle, de la casa, de la pandilla. Pero ahora les toca obedecer continuamente y sin capacidad de rechistar. Es lo que le enerva a David, de 15 años y natural de la Ribera. Cuenta que sufre mucho por la «impotencia» que representa «reprimir tus impulsos». «En la calle tú haces lo que te da la gana, y lo que te puedan decir te lo pasas por el forro. Pero aquí has de hacer una cosa aunque no quieras, y tienes que reprimirte y guardártelo dentro. Poco a poco te acostumbras, pero al principio… ¡Buah, flipas! Eso es lo más duro», asegura con los deberes de inglés delante de sus narices.
También resulta difícil asumir la nueva realidad por lo que dejan fuera. John, un ecuatoriano de 17 años, confiesa que ha sido internado «por robos y peleas». Admite que pertenecía a una banda latina juvenil creada en Valencia, los NTN. «Éramos 15, pero llegamos a ser 50. Al final se deshizo y ahora la mayoría estamos encerrados en correccionales: aquí, en el Mariano Ribera, en el Pi Gros…», explica John. Ahora su vida va a dar un cambio de rumbo sin la emoción de los NTN. Lo han matriculado en un grado medio de Comercio. No es que la materia le interese en especial, puntualiza, pero era el único curso que podía estudiar a distancia.
Lo importante es que todos los chavales tengan una ocupación en el centro. Por la mañana, después de levantarse a las 8.15, cumplir con su aseo personal, limpiar las zonas comunes y desayunar, los internos van a clase desde las nueve hasta las dos de la tarde. Unos cursan secundaria en las aulas de La Colonia (de 5 o 6 alumnos cada una), otros participan en Programas de Cualificación Profesional Inicial o talleres prelaborales, y el grupo más «libre» sale del centro para asistir a talleres ocupacionales, escuelas taller, institutos normales o incluso algún trabajo.
Después de la clase llega la comida. En el grupo de cerrados, una fila india pasa por el baño para lavarse las manos antes de sentarse en el comedor. Hoy sirven ensalada de patata de primero, y pollo con judías de segundo. Entre plato y plato, Álvaro, de Colombia, recuerda su primera noche en el reformatorio: «Me la pasé llorando en la habitación». Su compatriota Lucía tiene más grabado el segundo día: «A mí me entró un ataque de epilepsia», cuenta. Lucía lleva un año internada y, aunque debería estar en el grupo semiabierto, permanece castigada en el cerrado por haber consumido drogas en su última salida de fin de semana. Lo detectaron los educadores en los controles de orina que todos los internos pasan el domingo por la noche tras su regreso al centro.
En la mesa, el más duro es Alexander. «Tranquilos, no pasa nada. ¡Todo pasa!», dice para rebajar las angustias de sus compañeros. Él prefiere pensar que está «en un colegio de pago con residencia, sólo que con una orden judicial por cumplir». Al contrario que la mayoría de consultados, la familia no es lo que más echa de menos Alexander. A su padre no lo conoce, su madre vive en Israel, y en España sólo tiene a dos tíos rumanos. El verdadero aliciente es su novia, una vieja amiga que se le declaró hace pocos meses en una visita al reformatorio. Desde entonces salen juntos. O mejor dicho: no salen; sólo se escriben cartas, se llaman por teléfono y se ven en el centro cuando la medida judicial lo permite.
Tras la comida, los chavales rompen filas, se lavan los dientes e inician una hora de repaso escolar. Después se repite la estructura de cada día: tiempo libre, merienda, dos horas de deporte en las pistas polideportivas del centro (los del módulo cerrado tienen las suyas), ducha, actividades extraescolares, cena, ocio (televisión, ordenador sin internet, videoconsola, parchís o lectura, según el día) y, a las once de la noche, a dormir. Cada interno entra en su habitación y un fraile de los terciarios capuchinos, que dirigen el centro desde 1922, hace de centinela en cada módulo, excepto en el de las chicas, del que se ocupa una educadora.

Trato humano y afectivo
Al extraño en La Colonia le sorprende la docilidad con la que se comportan unos menores a priori tan conflictivos. Y aunque tampoco salten de alegría, es cierto que no se los ve resentidos. Como mucho, ligeramente apesadumbrados. En ello influye el trato humano y afectivo que desde siempre ha dispensado el personal de La Colonia a sus internos. Es la marca de la casa y el mejor camino para lograr el objetivo final del internamiento: «transformar un castigo de la justicia en una oportunidad para que los chavales vean que hay alternativas a robar y delinquir», sintetiza el coordinador de los centros de reeducación valencianos, Vicent Llopis.
¿Y lo consiguen? Según el director de La Colonia, José Miguel Bello, «el nivel de reinserción positiva de los chavales que pasan por el centro está entre el 70 y el 75%». La respuesta de los internos resulta esperanzadora. El ex latin king sólo ansía salir de La Colonia para «no hacer nada y vivir tranquilo». El novillero encerrado por maltrato familiar tampoco duda: «Claro que me está cambiando. Yo sé que esta experiencia me influirá durante el resto de mi vida». Abel, un interno de semiabierto que lleva dos años y dos meses por maltrato familiar —y que llegó a pasar seis días encerrado en el cuarto de aislamiento por castigo—, afirma que antes no podía estar en su casa por las trifulcas que se armaban y que «ahora todo está bien» cuando regresa los fines de semana. Tanto es así que a los 16 años ha descubierto su vocación: de mayor quiere ser educador de reformatorio. El quinceañero de la Ribera que sufría por reprimirse los impulsos da una visión particular y sincera de la reinserción: «Creo que muy pocas personas que salen de aquí cambian de verdad. Quiero decir que no es que ahí fuera ya no hagan nada malo porque han cambiado. No. Lo que ocurre es que no cometen delitos para no tener que volver aquí». Eso mismo, asegura, piensa hacer él. Que no es poco.

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