Fernando Barrué de la Barrera (Valencia, 1925) pertenece a la estirpe de los creadores valencianos de nuestro tiempo que ha trabajado en la soledad de su estudio y, de cuando en cuando, nos ha mostrado sus inquietudes por medio de exposiciones o por su participación en concursos.
Con ocasión de una de sus muestras -creo que fue en Mislata, a finales de 2006- le escribí un texto, cuyo último párrafo, Finale continuo, ha reproducido en el modesto catálogo de la exposición que ahora tiene colgada en el Centro Municipal Gabriel Miró, de la localidad madrileña de Móstoles.
El párrafo en cuestión reza así: «La suya ha sido una trayectoria de fidelidad a unos principios entre los que no deben olvidarse la inclinación hacia el diálogo con los materiales. Un diálogo que le ha llevado a una abstracción con escasas referencias, sobre la cual pone de manifiesto su sensibilidad tanto en el color como en la composición. El trabajo cromático cuenta con magníficos resultados y la ordenación de los elementos en el cuadro establece sutiles tensiones formales que mantienen la vitalidad de la obra. En realidad, todo en la obra de Barrué de la Barrera es de una magnífica sutileza, lo que sin duda puede dificultar la lectura en el espectador, acostumbrado como está a que le digan todo a gritos».
Y es que vivimos tiempos de mucho ruido y pocas nueces. Así nos va. Hay una frase que, con referencia al amplio universo del arte, más allá de la plástica, lo dice todo al respecto: la diferencia entre una mala y una buena obra es que la primera todo lo subraya, mientras que la segunda apenas lo sugiere. Me va por la cabeza de que tal pensamiento se le atribuía a Charles Vidor o King Vidor. Lo que sí que dijo uno de estos cineastas de mismo apellido es que una buena película es la que entiende un niño de once años nacido en Texas.
Ahora hay mogollón de gente que, sin haber nacido en Texas y con edad superior a once años, contribuye a que filmes mediocres, de nivel intelectual bajo, se conviertan en éxitos de taquilla. Que no se me ofenda nadie, pero lo cierto es que, de unos años a esta parte, estoy encontrando más inteligencia en muchos títulos del cine infantil que en el que se supone va dirigido a adultos.
En estos tiempos del ´todo vale´ –dejé escrito hace tres años-, resulta que participar con lienzo y pigmento en esta ceremonia de confusiones se ha reducido a una minoría más o menos selecta. Pero, si además la obra de nuestro artista camina por vericuetos no figurativos, la cosa se complica extraordinariamente. Porque la llamada abstracción continúa –no se sabe por qué causa- siendo la gran asignatura pendiente de nuestra sociedad.