ENRIQUE AMAT VALENCIA
Un tercio de entrada en tarde espléndida. Erales de Los Chospes, vareados aunque muy astifinos, que dieron un juego notable. Al 6º se le premió con la vuelta al ruedo. Jesús Duque (blanco y azabache), oreja tras aviso y oreja. Juan Cervera (azul pavo y oro), oreja tras aviso y dos orejas tras aviso. Roberto Blanco (corinto y oro), oreja y oreja. Entre las cuadrillas destacó con los palos José Casanova y Tomás Garibo se mostró oportuno en quites. Presidió, algo condescendiente, Amado Martínez.
El día antes del debut como novillero en Madrid de Cayetano Ordóñez, conocido como Niño de la Palma, el escritor y crítico taurino Gregorio Corrochano publicó un artículo en las páginas del diario ABC, concretamente el 28 de mayo de 1925, cuyo título ha pasado a las antologías: "Es de Ronda y se llama Cayetano". Y en el mismo afirmaba lo siguiente: "La presentación de un torero tiene siempre interés. ¿Quién es? ¿Qué sabe hacer? ¿Adónde llegará? Hace falta un torero joven, ese torero joven que en las épocas de paralización venga a poner en marcha el toreo".
La actual fiesta de los toros, salvo alguna excepción, vive esta paralización, y el relevo en el escalafón es escaso. Por ello es importante ver las evoluciones de las nuevas hornadas de chavales que se encuentran en las escuelas dando sus primeros pasos en la profesión.
El festejo de ayer supuso toda una bocanada de aire fresco para los aficionados, porque los tres alumnos actuantes, cada uno dentro de su estilo, parecieron querer seguir aquella petición de Corrochano en su citada crónica.
Lo cierto es que los novillos de Los Chospes, variados de pelaje, justos de romana pero de serias cabezas, colaboraron para el éxito, ya que no se cansaron de embestir.
El requenense Jesús Duque se mostró como un espada que intenta imprimir un sello de vertical personalidad a su toreo. Lució por su variedad con el capote y por su su compostura y solvencia.
Juan Cervera volvió a poner de manifiesto un excelente corte, aunque quizá peque de tratar de seguir una línea exageradamente poncista. Y, aún siendo el torero de Chiva un magnífico referente, no puede ni debe quedarse en eso. Sus dos trabajos tuvieron un tan pulcra como brillante caligrafía. Expresivos y plásticos, pareció haber en ellos más de acompañamiento de las embestidas que de toreo fundamental. Y no se debe olvidar que, cuando uno quiere hacerse una casa, además de comprar cuadros y adornos, debe tratar de poner sólidos cimientos en el edificio.
Y el salmantino Roberto Blanco lució por su valor seco y su sentido del temple. A pesar de su bisoñez, se puso siempre de verdad y trató de bajar la mano y llevar muy sometidos a sus antagonistas.