Mi único tema es lo que ya no está. / Y mi obsesión se llama lo perdido. / Mi punzante estribillo es nunca más. / Y sin embargo amo este cambio perpetuo / este variar segundo tras segundo / porque sin él lo que llamamos vida / sería de piedra».
Cuando los leí, me sentí identificado con estos versos, Me consideraba ´culillo de mal asiento´, pero el poeta me concedía una categoría superior. Tal vez por ese cambio perpetuo, tras concluir su biografía en 1970 y publicarla ocho años después, Max Aub no ha sido para mí una constante.
A él he vuelto en alguna ocasión, pero sin obsesiones. Me gusta cambiar, es cierto, buscar nuevos caminos. Sin embargo, cuatro décadas más tarde continúo siendo su biógrafo, su único biógrafo y eso que aquella biografía no se escribió en las mejores circunstancias.
El autor del poema que abre la presente columna, Contraelegía. es José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 30 de junio de 1939), poeta, ensayista, traductor, novelista y cuentista. El próximo día 17 recibirá en Madrid el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Pertenece a la generación mexicana de los cincuenta: Carlos Monsiváis, Eduardo Lizalde, Vicente Leñero, Juan García Ponce, Sergio Pitol, Salvador Elizondo y Sergio Galindo, entre otros.
En una entrevista publicada el sábado en Babelia, Pacheco, que nació con el exilio español, declara: «Hay dos escritores que tuvieron mucha importancia en México: Max Aub y Vicente Aleixandre (…) Y los libros españoles llegaban a casa de Max y uno podía leerlos. Él fue realmente un vínculo muy importante. Me da mucho gusto que ahora se le esté haciendo justicia a Max».
Pablo Ordaz, el entrevistador, le apostilla que «hasta no hace mucho era prácticamente un desconocido en España». «Sí -responde el poeta-, y aquí (en México) también. Es lo que suele pasar con una obra tan vasta y tan variada. De hecho, él tiene una frase muy buena: el hombre orquesta nunca alcanzará la notoriedad del solista».
Y cita a otro valenciano, Gregorio Mayans y Císcar (Oliva, 1699-1781) que decía: «En la poesía, lo que no es excelente es despreciable».
En La edad de las tinieblas, su reciente poemario, puede leerse un poema en prosa, titulado «A la extranjera», en el que poeta llora la ciudad perdida: «Nací en un lugar que se llamaba como éste y ocupaba su espacio. Ahora también en mi suelo natal soy extranjero en tierra extraña. Ya no conozco a nadie ni reconozco nada».
El tiempo pasa no siempre para bien, y ciudades, como México -tan acogedora, tan hospitalaria con nuestros exiliados-, se convierten en lugares inhóspitos, inseguros.