Ahora que han vuelto a premiar a Javier Sarti (Valencia, 1954), me llega una nueva evocación de Rodrigo Rubio (Montalvos, Albacete, 1931-Madrid, 2007), escrita por su viuda, la escritora valenciana Rosa Romá, a quien agradezco el envío del texto, publicado recientemente en Al-Basit, revista de estudios albacetenses.
La referencia a dos amigos, narradores fundamentalmente, se une a las coincidencias en sus biografías, que no sé hasta qué punto hubieran justificado a Plutarco escribir sobre sus paralelismos en el apartado de concursos literarios. Me explico. En 1961 Rubio obtuvo el Gabriel Miró de novela por Un mundo a cuestas. Cuarenta y un años después, en 2002, Sarti recibe este premio alicantino en el capítulo de cuentos por No hay más mensajes. Mañana mismo, Javier recibirá el Ateneo-Ciudad de Valladolid por su novela Piranesi construido, cuarenta y siete años más tarde de que lo recibiera Rodrigo por La Feria.
De seguir las cosas así, no sería de extrañar que al autor de La memoria inútil le fuera concedido el Planeta, otorgado al manchego en 1965 por Equipaje de amor para la tierra.
El galardón vallisoletano, el segundo más antiguo de los españoles, tras el Nadal, conlleva la edición del texto ganador por Algaida Editores, del Grupo Anaya. Así que pronto podremos leer la novela premiada.
Recuerda Rosa Romá la tertulia del Café Gijón en la que fui introducido por su marido quien, por aquellos años sesenta, casi todos los sábados venía de su casa de Moratalaz a recogerme en la mía de Ventas en su Citroën 2cv. Llegábamos al famoso café y tomábamos asiento al fondo, al lado de un ventanal que daba al Paseo de Recoletos, junto a Dolores Medio, Luis de Castresana, José Gerardo Manrique de Lara -ya fallecidos-, Hermógenes Sáinz y Manuel Vicent, todos ellos con importantes premios literarios.
Por aquellas fechas, Manolo recibió el Alfaguara por Pascua y naranjas, ocasión que aproveché para entrevistarle. El director de entonces, Adolfo Cámara, colocaba mis entrevistas en las última, cuando las páginas del periódico Levante eran el doble de tamaño que las actuales.
El lector podrá preguntarse que, con tantos amigos premiados, ¿qué premios ha conseguido quien escribe esta columna? Pues la verdad, premios literarios -periodísticos tengo alguno más- sólo uno: el Ateneo Setabense de Cuentos, por un relato titulado Lluvia tras los cristales y de esto hace más de cuarenta años. Luego ya no he vuelto a presentarme. Es más: escribo pocas narraciones. No debe ser lo mío.
En todo caso, os confieso con toda sinceridad que mi mejor recompensa es haber contado y contar como amigos con éstos y otros premiados.