Llegaba el jueves, y con él -otra vez metidos en la realidad de una historia que parece no tener fin- el enésimo escándalo del concurso-apaño de la plaza de toros. Se esperaba que cuando se abriera el sobre que da derecho a los licitadores a concurrir se despejara un poco más el horizonte; queremos decir que se fijara definitivamente el rumbo para acabar de una vez por todas con esta ceremonia de la confusión en que ha ido convirtiéndose este asunto, por mor de una redacción que desde el primer instante ha parecido querer buscar más una salida a los intereses del diputado de Asuntos Taurinos, Isidro Prieto, que ofrecer juego limpio a quienes puedan y quieran justificar una contrastada solvencia.
La culpa de tantos desatinos, la tienen el dipu?tado y su jefa Carlota, como ya recoge en forma de clamor el mundo del toro. No han sabido o no han podido, que de todo hay -los juristas trabajan a destajo-, presentar la documentación con arreglo a sus intereses. Fíjense si el desconcierto es de órdago que de los cuatro licitadores que finalmente se han presentado, sólo uno, Serolo -¡vaya gol, señor Prieto!-, cumple con todos los requisitos a criterio de los técnicos de la mesa de contratación, que no de los políticos, algo que conviene no confundir.
Las tres plicas restantes han presentado sus documentaciones con alguna deficiencia. La mayoría de éstas, con arreglo a derecho, de orden interpretativo. Otras, más complejas de situar en territorio que no provoque desórdenes e impug?naciones. Por tanto, este primer acto ha vuelto a provocar más dudas y sobre todo una pregunta dirigida al presidente de la diputación: ¿Sabe Alfonso Rus en las manos de quiénes ha dejado la cosa taurina? Posiblemente lo descubrió el jueves.
Y en medio de todo este interesado y manoliente ejercicio de casino de pueblo aparece la noticia de la semana y posiblemente del invierno y hasta puede que del año: el apoderamiento de Morante de la Puebla por Curro Vázquez. ¡Tela m-a-r-i-n-e-r-a! Nadie podía esperar semejante maridaje. Pero si me siguen, pueden encontrar una mínima explicación a hecho tan singular. Los empresarios están empeñados, con la ayuda del muñidor televisivo al que ya conocen de sobra por sus manejos, en no dejar que gana?deros y toreros se les suban a las barbas.
Les puedo asegurar que hay muchas voces en el campo bravo que claman porque no crezca más el oligopolio en que se está convirtiendo el entramado del negocio taurino. Por su parte, los toreros, algunos, ven que cada temporada tienen más fuerza los empresarios que ellos, que son los que se juegan la vida. Los que van cómodos en el pescante porque lo único que les importa es la comodidad, tragan carros y carretas, pero los que tienen lo que hay que tener en el corazón, en la cabeza y en la entrepierna, se resisten a seguir militando en las trincheras del oligopolio y se revelan.
No estamos en condiciones de asegurarlo, pero ésas podrían ser algunas de las razones que han empujado a Morante a pedirle a Curro Vázquez que defienda sus intereses, y a Cayetano olvidarse, profesionalmente, de los agravios personales que tanto perjudicaron el tono y el ritmo de una relación que nunca, y en eso Morante se equivocó, debió tomar ese rumbo.
Nos alegraremos de que nuestras suposiciones sean ciertas y de que Morante, Cayetano y Tomás, que juegan a lo mismo, a la exigencia de preservación de la dignidad del torero, desactiven, aunque sea parcialmente, esa bomba de relojería de una fiesta trufada de exclusivos intereses económicos que privan al espectador de aspectos tan esenciales como la competitividad, el esfuerzo sin concesiones, el compromiso y, si mucho me apuran, la belleza. Eso, y no otra cosa, es lo que también está en juego en el circo de Valencia.
Se ha ido un taurino cabal
El miércoles nos tocó ir de entierro. Se nos ha ido junto a José Luis López Vázquez y Francisco Ayala, dos soberbios representantes de la cultura del siglo XX en España, un taurino también ilustre, Manolo Cano. Un hombre del toro poco común, por culto, inteligente, agudo y, como buen cordobés, un punto socarrón, que sabía dar a cada quien el trato que se merecía. Mucho aprendimos de sus capacidades y más de sus sabias interpretaciones. Le tocó vivir una época dorada del toreo, la correspondiente a finales de los años cuarenta, cincuenta y sesenta en plenitud, y la disfrutó tanto como la que no vivió y conocía tan profundamente, la de sus admirados Joselito y Belmonte. Era una delicia oírle hablar de ellos, de sus cualidades. Como cordobés de pura cepa, en su corazón tenía un rincón muy especial para los califas del toreo. De todos, Manuel Rodríguez "Manolete", al que conoció de cerca, era su preferido. Ahora se encontrará con él y podrán volver a reiniciar aquella amistad que el toro Islero interrumpió. Descanse en paz.