Desde que el sistema introdujo hábilmente lo de la cultura de masas, la cultura ya no es lo que era. Era minoritaria y, por tanto, poco democrática. Pero era, porque ahora ya no es.
Culturizar a la mayoría sería el camino adecuado. Resulta más fácil dorar la píldora a la masa y decirle que las cosas que le gustan es la cultura, la cultura de masas. Engaño y negocio. Por eso los periódicos, que son reflejo de la comunidad de individuos donde se elaboran, cuentan con una sección de cultura y sociedad, en la que los redactores se las ven y se las desean para distribuir los textos. Con este texto no van a tener problema, pues se encuentra a caballo entre lo social y lo cultural.
Como defensor de la inmensa minoría –clasista, me llama alguno-, estimo que se debería organizar una plataforma –tan de moda en tiempos reivindicativos- para que se tenga en cuenta nuestra existencia. Y es que nos sentimos discriminados con las programaciones televisivas. Dicho de otro modo, ¿tenemos derecho a optar por espacios de la tele que nos interesen y que podamos contemplar sin que nos quiten el sueño? Ya se sabe que lo que cuenta es la audiencia. Y la audiencia se corresponde con la inmensa mayoría, que en ocasiones resulta ser la mayoría absoluta, a la que aspiran los programadores de turno, en perjuicio de la inmensa minoría.
Carlos Boyero, en El País del sábado, describía así un telediario que acababa de ver: «Accidentes, asesinatos variados, modelos exhibiendo lencería fina, vampiros que extraen la grasa de sus víctimas y trafican con ella». Y concluía: «Sangre, morbo y sexo como alimento de las noticias del mundo».
Sin entrar en detalles –la columna no da para tanto-, habrá que recordar que «hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante en la vida pública europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social».
Ortega y Gasset comenzaba -¿habrá que decir arrancaba?- su famoso ensayo La rebelión de las masas y lo hacía en un periódico, el diario madrileño El Sol, del 24 de octubre de 1929, con un artículo titulado El hecho de las aglomeraciones. Ochenta años después de vaticinar el mogollón que nos invade, he releído el texto orteguiano y he observado su vigencia. La vigencia del poderío social que lo globaliza todo, sin dejar espacio para los raros, para los no gregarios, para los relativistas, etc. Y ya va siendo hora de que la inmensa minoría, harta de contemporizar, se rebele y exija el espacio que le corresponde, en la tele y en otros enclaves del panorama social.