SUSANA GOLF VALENCIA
Empezó como aprendiz, como chico de los recados, en uno de los anticuarios más importantes de Madrid. Ahora tiene 83 años y lleva más de 65 dedicado a las lámparas artesanas de metal fundido y cristal. Aun mantiene "ya por hobby" abierto el taller Roberto, en la Valencia más noble, a cuatro pasos de l'Almodí, l'Almoina y la Basílica. Ha iluminado casas importantes, hoteles de lujo, la sede central del Banco de España e incluso ha realizado un encargo para la Casa del Rey.
"Es mi mundo", señala, rodeado de luces. Crea lámparas "desde el diseño hasta que queda colgada" todo de forma artesanal porque "aquí no hay máquinas que valgan". Al cabo de tantos años dispone de piezas ya imposibles de encontrar. Por eso, añade, "todos acaban aquí". Una lámpara puede costarle una semana. La clave, revela, es dominar los estilos: isabelino, Carlos IV, María Teresa, Regencia, Luis XV... Se inspira en los clásicos. Una vez copió una lámpara que había visto en el Palacio de la Casita del Labrador de Aranjuez. En otra ocasión, por encargo del Gobierno de Franco, viajó hasta Rusia. Querían para el Banco de España un modelo que habían visto en un palacio moscovita. Mide 3,20 por 2,50 metros de diámetro y se encuentra en la sala de conferencias.
En la sede madrileña -y en muchas otras capitales- todas las lámparas llevan su firma. A veces ha trabajado con piezas que pesaban 300 kilos y llevaban 60 luces. En su entresuelo cuelga una lámpara de cristal de Bacarrá de finales del siglo XVIII, lista ya para recoger. Sobre un escritorio de época, yace un espejo de más de 200 años de antigüedad pendiente de restauración. Suyas son las lámparas de las habitaciones y la zona noble del hotel Alfonso XIII de Sevilla y la que pende del techo de la suite real diseñada por Francis Montesinos en el hotel Westin. También ha hecho por encargo las lámparas del comedor de la Generalitat Valenciana. Una vez, hace años, recibió una llamada de un conocido decorador. Poco después enviaba un precioso farol de cristal de Bohemia a los Reyes de España.
Aparte de instituciones, decoradores, anticuarios y hoteles, ¿quién compra sus lámparas? "Gente que tiene dinero", contesta. Aunque a renglón seguido puntualiza que sus productos no son más caros que los producidos en serie en las fábricas. Pueden alcanzar, como mucho, los mil euros. Eso sí, requieren techos de una altura que no abunda en los edificios de nueva construcción.
Lamenta que oficios como el suyo estén en vías de extinción. Tenía dos ayudantes trabajando con él, pero con la crisis ha tenido que prescindir de ellas. Ahora trabaja solo, con poco. Un pequeño taller, multitud de piezas por todas partes "y tener ideas, pasión por el arte y el gusto adquirido después de haber estado en tantos palacios, casas nobles y embajadas".