La Cenicienta que dijo basta

Nunila López y Myriam Cameros revisan el cuento de la Cenicienta para luchar contra el maltrato, cuya raíz está en la transmisión de valores

 

C. A. VALENCIA ­Nunila López y Myriam Cameros creen en las casualidades. Ellas mismas se conocieron por casualidad, hace unos años. Myriam era ilustradora y acudió a una actuación de Nunila López, que es cuentacuentos y cuyo repertorio de Nunila se incluía el cuento La Cenicienta que no quería comer perdices. Tiempo atrás, un grupo de mujeres maltratadas pidió a Nunila que «destrozase» para ellas uno de los cuentos que tradicionalmente se cuenta a las niñas porque sentían que les habían influido negativamente en su vida. «Lo tuve muy claro: sería la Cenicienta, entre otras cosas porque insiste en la idea de que tienes que esperar a que un príncipe te rescate y te complete, una idea perversa que refuerza otra peor: necesitamos que nos completen porque no estamos completos, y esto sirve igual para hombres que para mujeres», cuenta Nunila.
Resultado de ese encargo, Nunila visualizó La Cenicienta que no quería comer perdices, una nueva Cenicienta que, tras una noche de excesos, se despierta con un príncipe para el que tiene que cocinar perdices y por el que tiene que llevar tacones. Transformada en una chica moderna e infeliz, un día se da cuenta de que los zapatitos de cristal y punta lo único que hacen es estropearle la vida. Le duelen los pies y la espalda, está harta de guisar perdices para un señor que no aprecia su trabajo, se siente sola y sabe que se ha equivocado, y después de mucho llorar descubre que otra vida es posible y que la única persona capaz de salvarla es ella misma.
Cuando Myriam escuchó a Nunila contar ese cuento, también lo tuvo claro. «Le dije a Nunila que ilustraría ese cuento porque era una lástima que una historia tan maravillosa quedase en un círculo reducido», explica la ilustradora. Se hicieron amigas y Myriam cumplió su promesa. Dio cuerpo a la historia que Nunila había creado para dar voz a las mujeres maltratadas.
Por el cuento circulan héroes y heroínas despistados, un hada Basta y otros personajes de cuento que tampoco están conformes con el rol que les ha tocado en suerte. Sin embargo, este no es un cuento para niños al uso, sino para «personas que no se fían de los finales convencionales y se preguntan ¿fueron felices de verdad?, ¿y si no les gustan las perdices? Es un cuento que invita a reflexionar sobre el germen del problema, que está en la educación y en la transmisión de valores».
Cuando Nunila y Myriam terminaron el proyecto, lo enviaron a todas las editoriales. «Estábamos convencidas de que nos lo quitarían de las manos… ¡pero ni una sola contestó al correo! Así que decidimos autoeditarnos, pero como no teníamos dinero escribimos a nuestros amigos por email y les pedíamos dinero para editarlo a cambio de incluirlos en el libro como colaboradores. En mes y medio, teníamos los casi 7.000 euros que costaba la edición», recuerdan.
Pero la magia de esta Cenicienta fue más allá. «La carta pidiendo el dinero se perdió pero el cuento siguió circulando por el mundo entero. Con la Ceni ya editada en España nos llamaba gente de Ecuador o de Brasil, nos escribían hombres y mujeres… era tremendo». Tan tremendo que, poco después, la editorial Planeta les propuso reeditar el cuento. «Primero dijimos que no, pero luego nos dimos cuenta de que era una manera de llegar a más lectores y aceptamos», explican. El resultado es el mismo cuento que autoeditaron pero «mejorado» con las opiniones de otros autores y autoras, y prologado por Maruja Torres, que afirma que este libro debería incluirse en los planes de estudios de todas las escuelas.
«El maltrato no tiene por qué identificarse con un ojo morado. Hay muchas formas de maltratar y de maltratarnos. El príncipe azul de la historia original podría ser en realidad cualquier jefe de una de estas mujeres, o un marido incomprensivo que no se preocupa por la felicidad de su mujer. Decir basta, decir no, perdonarnos a nosotros mismos es una forma de parar este maltrato», dicen. «Maruja Torres dice que las mujeres muertas también tienen voz. Y es verdad. A las vivas les piden que no sigan el camino que siguieron ellas».

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