S
uma y sigue el proceso diseñado sibilinamente por la parte más radical del Parlament de Catalunya con la que se pretende acabar con los festejos taurinos que impliquen la muerte del toro. Los festejos populares como el "bou ensogat" no se tocan, de momento. Que no nos equivoquen. Esta operación ha sido pergeñada para eliminar una manifestación cultural que se remonta a la noche de los tiempos y que tiene de española tanto como de catalana. La esquizofrenia nacionalista ha intentando separar la una de la otra, amparados en el falso supuesto de que la fiesta nacional es un producto de la barbarie goda y que no casa con los planteamientos de una supuesta progresía que se dice culta, pero que es más garrula que los propios políticos que la amparan.
Sus detractores adornan el discurso con palabras preñadas de buenas intenciones, alusiones al dolor y al sufrimiento, requerimientos contra la muerte y demás juegos florales. Olvidan, intencionadamente, que nada de eso ocurre en una plaza de toros por crueldad o para goce y satisfacción de un público ávido de sangre. Como ha recordado esta misma semana el maestro Luis Francisco Esplá en la nada sospechosa Universidad de la Sorbona de París "el proceso del arte del toreo es un diálogo mortal entre la animalidad del toro, la sabiduría y la inspiración del torero". Algo que está en la esencia de esta manifestación cultural y que justifica el sacrificio público de un animal en plenitud de facultades físicas y psíquicas, diseñado por la mano del hombre para combatir contra él en un recinto cerrado. Algo que ha conformado la cultura catalana, les guste o no a los catetos que ahora dicen llevar la bandera de la tradición nacionalista que soslaya una de sus principales señas de identidad.
Claro que en el baúl de los supuestos intereses nacionales de los catalanes cabe todo. Todo lo que interese a esa nueva inquisición erigida, en esta ocasión, para defender al toro de su agresor más fiero: el "homo españolis". Curioso que en las manifestaciones a las puertas de la Monumental de Barcelona hayamos visto a "quatre gats" portando banderas españolas tachadas y enarbolando con orgullo banderas republicanas. ¿Sabrán estos ignorantes que en la República también se celebraban corridas de toros? ¿O que los exiliados republicanos en México iban a ver tarde tras tarde a Manolete al coso de Insurgentes? Nos tememos que no y que, como lo descubran, los depuran a todos como están haciendo con nosotros en un ataque de fascismo como concepto político, pureza cultural y de sangre de los pueblos que guían a los otros pueblos.
Tanto es así que hasta José Tomás, tan admirador como defensor del "modus vivendi" catalán, ya ha echado la pata p'alante desde Chiapas: "Seguiré apoyando la fiesta de los toros en Cataluña mientras me dejen". Otro tanto hubiera hecho nuestro añorado Fernando Vinyes. Recién he leído La caricatura, los toros y Fernando Vinyes de Fernando del Arco. Entre sus páginas, me he encontrado con esta reflexión, escrita en 1994: "Se pretende ahora minimizar la relación entre Cataluña y el mundo del toro, pero la historia es la historia y, pese a los tendenciosos manejos para deformar o hacer olvidar una realidad contrastada, resulta que la aportación catalana al toreo no es tan sólo de primera categoría sino que debe considerarse vital".
Nosotros no insistiremos más. Está todo dicho. Los que defendemos la fiesta desde el punto de vista de la tradición, la cultura, el arte, la literatura y la economía, no matamos por placer. No nos gusta ver sufrir a un animal en una plaza. De hecho pitamos con fuerza al torero que no se conduce con rigor artístico. Quisiéramos que la cordura superara la dialéctica enfrentada, la sinrazón de cuatro exaltados ataviados de un supuesto progresismo, tanta ingenuidad de salón y tanto cinismo consciente. Nos tememos que ya es tarde. Allá los catalanes con su libertad de elección. ¡Viva la fiesta nacional catalana!