Se fue un año -¿para olvidar?-, sinceramente, creemos que no. Que en el duro camino que nos ha tocado andar durante los últimos trescientos sesenta y cinco días, han quedado lecciones que han de servir a los aficionados para saber reivindicarse con más claridad, con menos pereza y, sobre todo, sin tibiezas. Esta debe ser en el futuro una constante, como también lo debe ser que estos mismos aficionados muestren sin complejos su afición con el mismo orgullo y valentía que hace tan grandes a quienes practican el hermoso arte de lidiar toros. El objetivo final no debe ser otro que, con el peso de la razón emanada tanto de la historia como de la propia libertad del individuo, poder enfrentarse a quienes desde posiciones radicales y muy ingenuas tratan de negar, no ya la españolidad, sino la universalidad de un arte que comenzó a fraguarse va ya para tres siglos. Claro que a renglón seguido a esos mismos aficionados habría que exigirles también que no descuiden la retaguardia. Que el enemigo, aunque localizado, no deja de infiltrarse entre los responsables de velar por una fiesta que cada vez debemos procurar que sea más auténtica, más emotiva y más hermosa.
Lástima que sigan ocurriendo episodios tan poco edificantes como el que sigue protagonizando la Diputación de Valencia con el concurso teledirigido de la plaza de toros. Cuando creíamos que ya era capítulo cerrado, resulta que el pasado día 22, Tauro Siglo XXI, la empresa capitaneada por Vicente Boluda, ha pedido la suspensión cautelar de la adjudicación que días pasados anunció la propia diputación favorable a la UTE liderada por Simón Casas. Por otro lado, también hemos conocido que Serolo, además de pedir la suspensión cautelar de la adjudicación, ha dado una vuelta de tuerca más al reclamar para sí la mencionada adjudicación, alegando que su empresa es la única que se ajusta a derecho. Ante tal embrollo, ¿conseguirán los responsables de la cosa taurina en la dipu sacar la adjudicación de la sospecha permanente de tongo institucional? Va a ser que no; sobre todo si, como se rumorea, esta historia promete tener más capítulos que L'Alqueria blanca.
Desconocemos qué pensará del tema el diputado Isidro Prieto, empeñado como ha estado todo el pasado 2009 en cambiarle el rumbo a la plaza, por encima de cualquier razón taurina. El por qué de la chapucera manera que ha elegido para el mencionado viraje deben saberlo él y sus jefes. Ahora lo que toca es arreglar el desaguisado para que vuelva a imperar la cordura en Valencia. Mal favor le harán a la nueva empresa si todo el legado que le dejan antes de las próximas elecciones es un concurso en los juzgados.
La temporada de 2010, con José Tomás relegado al suceso de Madrid y a la gesta de Bilbao, en espera de lo que pase definitivamente en Barcelona, se queda coja, por arte y gracia del apaño digital. Será una campaña con los focos mediáticos centrados en la fiesta por mor de la tan traída prohibición del Parlament. Qué nadie se descuide. No se va a entender componendas y celebraciones cogidas con alfileres. Si aspiramos a ser el referente taurino de la nueva España, la Copa del América de la fiesta nacional, hay que tener altura de miras para que vengan todos cuando toca; no antes ni después de la batalla. Tiene que ser en marzo y respetando la libertad de cada cual para contratar cómo y cuándo quieran los protagonistas; a saber: toreros, empresarios y aficionados locales e itinerantes. A ver si resulta que estamos pidiendo respeto para nuestra amada fiesta y nosotros somos los primeros que no respetamos su esencia. El enemigo sigue estando en casa. Desgraciadamente.
Esencia, y de la buena, es la que contiene el libro Mitos de Paco Cano. El catedrático valenciano Andrés Amorós, recién nombrado responsable de la crítica en ABC, glosa la trayectoria de este singular fotógrafo taurino y cuenta la historia del toreo como escaparate de famosos e intelectuales. Libro que habría que enviarle como regalo de Reyes institucional a los parlamentarios catalanes para que sepan lo que ha representado y representa la fiesta en el tejido social español y catalán. Una pista para neófitos. Las fotos de Chamaco, matador señero de la afición barcelonesa, con la Gardner, son de época -como las de Bing Crosby, Hemingway o Welles- y el libro, en sí, una pura crónica de la importancia de la tauromaquia en la configuración de un pueblo. Por otra parte, a nadie escapa que la llegada de Amorós, pluma curtida en mil batallas literarias, a la crítica taurina, además de despertar curiosidad, viene a revalorizar una cierta y siempre aplaudida visión literaria de lo acontecido en los ruedos. Esperemos que así sea y que la suma de esfuerzos de unos y otros nos cargue de razón para seguir defendiendo algo tan hondo, tan de cuajo, tan propio como es la fiesta de toros.