El mundo del toro, aunque no lo exteriorice de forma visible, está cuanto menos, inquieto con el tema de la prohibición en Cataluña. No aciertan a meterle mano al melón de los antitaurinos –reales o fabricados a golpe de subvenciones-, y se pierden en comentarios e iniciativas de salón (organizar un festival para darle en la cresta a las huestes de Rovira y Cía., o una corrida con seis figuras de tronío, o un ciclo de conferencias de ilustres pensadores…) Todas ellas pueden ser ideas muy respetables, pero que se nos antojan de poco calado para reivindicar algo tan enraizado, tan profundo y tan nuestro como es el arte de lidiar toros bravos.
En realidad y desde una perspectiva mucho más práctica, entendemos que la mejor manera de garantizar la tradición, debería ser a través de gestionar la fiesta de forma más limpia, clara y honesta, sin endogamias nefastas que tantos argumentos dan a quienes por intereses, incomprensión o resentimientos, quieren eliminar la fiesta de los toros. Sólo se trata de exigir a los toreros y a los ganaderos mayor compromiso que el exhibido en tiempos modernos donde el toro se ha minimizado en exceso al castrarlo de casta y bravura, invitando a los toreros a que se conviertan en ilustres funcionarios. Con la verdad pura y dura del toro encastado, creemos que todo sería distinto.
Buena oportunidad para enarbolar la bandera de la emoción sobre cualesquiera otras alternativas banales, se les presenta a quienes estos días están afanados en organizar las primeras ferias de la temporada. Ni les cuento las reuniones en el zoco medieval en el que se ha convertido el madrileño hotel Wellington, con matiz de secretismo, entre apoderados y empresarios, tratando de hilvanar una historia de presencias y dineros que en el fondo y en la forma debiera ser más exigente y menos de oculto callejón donde cobijar intenciones predeterminadas.
Si eso es así en la mayoría de los casos y propicia situaciones como la de los empresarios de Sevilla, que impiden la presencia de un torero como José Tomás –que debería ser utilizado como el revulsivo que excitara al resto para mayor grandeza de la fiesta- y sin embargo hacen repetir, tarde tras tarde a toreros acomodados, imaginaos lo que puede suceder en la de Valencia, donde los muñidores del esperpento, señores Rus y Prieto, por delegación, han propiciado un pliego infumable, abierto a los cuatro vientos de la digitalización. Lo repetimos una vez más, mal asunto dejar en manos de terceros la suerte taurina de Valencia.
No es lo de menos que los agraviados con el pliego hayan demandado a la diputación ni que como consecuencia potencial nos veamos los contribuyentes valencianos probablemente obligados en un futuro a compensar los errores y desmesuras de políticos de vuelo cegato; lo malo, además, es que en las ferias nos darán gato por toro y propondrán carteles bondadosos trufados de aparente rivalidad, maquillados, benefactores del maestro Ponce, a quien para celebrar sus 21 fallas toreadas ininterrumpidamente, le han preparado un final de año de homenajes que, esperamos equivocarnos, se presume una travesía en barca por la Abufera, haya o no cartel para seis.
De entrada, Prieto y el señor Molés, factotum taurino de Canal Plus, nos hurtan por activa y por pasiva la presencia de José Tomás, del que insistimos en valorarlo como el único torero actual que puede comprometer la actitud torera de algunas figuras, sin cuya presencia se limitan al pegapasismo indolente, escasamente ceñido y muy fuera de cacho. Eso es lamentable para la afición, aunque bien es verdad que a ellos, incluido Canal Plus, la afición, sus exigencias y sus cuitas les importan un bledo.
Y en esas estamos, en las de defender la fiesta desde la pureza, la exigencia de verdad y el compromiso, mientras otros cuantos, muchos más y con más poder, se dedican a pastelear, urdir compromisos débiles e insanos y recortarle el aire fresco a una tradición noble preñada de arte que ha generado riqueza y genes corporativos en una buena parte de la población.
Cortarle el aire desde la ignorancia sería malo, pero hacerlo desde la complacencia en lo mediocre, es perverso y además estúpido porque se les acaba el chollo. Con gestores como los que tenemos, políticos como los de la diputación valenciana y mediadores de comunicación atentos en exclusiva a sus intereses, esta fiesta, señores, tiene los decenios contados.