SUSANA GOLF
VALENCIA
Rojo. El color de la vitalidad, de la sangre, de la pasión y de la adrenalina es el color de la nueva mujer. Lo sentenció ayer la pasarela de Valencia, en la que se vieron muchas minifaldas (estrategia anticrisis) y un afán por destacar los puntos estratégicos de la anatomía femenina: los hombros, la cintura, las caderas. Por lo demás, caminos e inspiraciones variopintas.
A Juan Vidal ya le llaman «el niño mimado» de la prensa. Pero es que hila la Moda con mayúscula. Su ingenio para desarrollar una colección plena de sutilezas a partir de una idea y su riesgo al coger un color, desarrollarlo y convertirlo en un contenido no tiene límite. «Ponme un Bloody Mary y cae rendido a mis pies» parecen decir las mujeres fatales del diseñador alicantino. Minis extremas y homenaje a la gabardina. Frufrú de faldas. Taconazos. Terciopelo y seda.
El Bloody Mary de Vidal es un cóctel de cine negro, Studio 54, Dinastía y rock. Explosivo. El trench (cine clásico) se convierte en vestido y se acompaña de metal dorado (entre el rock y Dinastía). Los minivestidos drapeados navegan entre la célebre discoteca neoyorquina —Bianca Jagger se los pondría encantada, quizá por eso sonaba Angel de los Rolling Stones— y las túnicas clásicas. Las piernas (columnas) al poder. Mujeres seguras de sí mismas, leonas (rojas) en la selva urbana, vestales del siglo XXI. El rojo sangre se enriquece con otros tonos. La seda se cubre con pieles doble faz y la muselina vuela bajo perfectos de pony o toreras-perfectos de cuero granate. La cara, lavada, en contraste. Mujer ficticia, mujer sexual, mujer dominante, superlativa, mujer 2.0.
Rojo sacó también a desfilar Alex Vidal. Necesariamente, pues es uno de los colores de la bandera del Reino Unido y su colección es 100% british, con Mini y todo. Tupés retro. Pata de gallo y tartán escocés. Vestidos de línea T, escotes barco y sisas desbocadas en crepé de lana y mohair alteran con sastres dressed for success (vestida para triunfar) en gris (por la niebla londinense). Novedosa lana con bullones. Serie de LBD (little black dress), el vestido negro de cóctel. Para la noche, cortes al biés y raso en negro, rojo y un estampado abstracto y colorista. Estilismo, puesta en escena y ejecución de nota. Un «pero»: las mismas líneas T, patas de gallo, cuadros escoceses, sastres, etc, ya se habían visto en la colección anterior de verano.
Los caminos de la inspiración son inescrutables. Las Encarnis (Tomero) han dado con ella en la red de alcantarillado. Es más, la reivindican. Como base de operaciones de muchos superhéroes. Las suyas son, si acaso, heroínas de patear calle. Giro en el estilo. No abandonan el punto pero hay más patrón. Pana macrosurco, petos, rayas y toques working girl (bermudas, bombachos y petos).
Siglo Cero en crudo. De siluetas estilizadas a base de leggings, vestidos ajustados o pantalones con jerséis de cuello alto a piezas con volumen contenido. Su majestad el punto reinando. Destacan en los hombros y los cuellos. Detalles infantiles, como los volantes, o victorianos, como las mangas jamón. Guiños humorísticos marca de la casa: dibujos estampados o bordados. Nota al margen: no hay nada que desluzca más que unos zapatos inadecuados.
Maridaje de mueble y moda. Concesión empresarial, seguramente. El caso es que la colección de Higinio Mateu gira en torno a otra de mobiliario clásico. Vestidos de cuero en tonos neutros —gris y crudo—, acolchados y remaches metálicos de las maletas de viaje, brocados y grabados. Oro y tocados a lo princesa Leia o florales. Un inciso: los tocados (pájaros en la cabeza) son obra de Paula Heredero. Hombros armados, vestidos sin mangas y monoshorts. Cintas de corsé. Faldas tubo de talle alto. Negro y gris plata.