SALVADOR RODRÍGUEZ VALENCIA
Manuel Blanco Romasanta debió morirse creyendo que era un hombre lobo, pero ni siquiera hoy puede determinarse en qué momento ni bajo qué circunstancia falleció: unos especulan que se suicidó en la cárcel y otros que se murió de viejo, en contra del veredicto del juez instructor del proceso, Quintín Mosquera, quien lo había sentenciado al garrote vil basándose en las conclusiones del equipo que se encargó de realizarle un estudio de personalidad, equipo constituido por cuatro médicos y dos cirujanos, los cuales dictaminaron que el acusado no era idiota, ni loco, ni monomaníaco, ni imbécil y que sabía distinguir entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo deshonesto...
Según el investigador Cristo Marcelino, se diagnosticó que Romasanta era "un esquizofrénico paranoide afectado por un delirio de transformación en el que subyace un sadismo zoofílico". Eso, en términos etimológicos, se llama licantropía, que en su acepción más científica se aplica a aquellos pacientes que "creen que son, o se han transformado en un animal y se comportan de acuerdo con ello".
El de Romasanta todavía figura en los archivos judiciales como el único caso de licantropía registrado en España, y su sumario está formado por más de dos mil páginas en los que se narran auténticas atrocidades. Los crímenes y horrores del gallego Romasanta no fueron un producto de la imaginación, ni siquiera de la leyenda, al menos por lo que concierne a los hechos probados: los asesinatos de más de una docena de personas.
Nacido en noviembre de 1810, en la aldea ourensana de Requeiro Manuel Blanco empezó a creer que no era una persona normal desde muy joven. Así se desprende de su propio testimonio:"Fui víctima de una maldición que me convirtió en hombre lobo. La primera vez que me convertí en lobo fue en la montaña de Couso. Me encontré con dos lobos y, de pronto, me caí al suel, me revolqué sin control y a los pocos segundos yo también era un hombre lobo". Manuel incluso llegó a poner nombres a sus dos compañeros "que sufrían una maldición como la mía "dos valencianos" que según él se llamaban Antonio y Genaro, aunque de ellos nadie nunca supo nada.Estupefactos, los testigos de la confesión de Romasanta llegaron a escuchar que "durante mucho tiempo salí con Antonio y Genaro: atacamos y nos comimos a varias personas porque teníamos hambre".
Fruto de la mala educación
El abogado de Romasanta, Jacinto Paz, intentó convencer al magistrado que su defendido era un psicótico, un loco, un ser que se creía un hombre lobo, achacando su estado mental a "una mala educación y un mal entorno sostenido por burdos cuentos populares y rudas creencias". Paradójicamente, esta misma confesión servía a los partidarios de la sentencia de muerte para llegar a la conclusión contraria: había que matar a Romasanta no sólo por sus crímenes, sino por lo que era: un hombre lobo.
Paz, consiguió salvar la vida de su defendido, pues fue él quien hizo llegar a Isabel II una misiva que le hacía saber que estaba convencido de que si la sentencia se llevaba efecto, la Reina iba a caer en el ridículo de "hacer ejecutar a un loco a la luz de todo el mundo". Acusado de 13 asesinatos y de antropofagia, el caso Romasanta llega hasta nuestros. Los testimonios revelan que "esta llevaba con engaños a mujeres y niños con él, después los mataba, les sacaba el sebo o el unto, y lo vendía, con excesivo lucro, en Portugal".