PEDRO TOLEDADO VALENCIA
Te cuentan que Juan Vidal, un aficionado cabal donde los haya habido, se ha ido. Que el aguijón de la parca se lo ha llevado en los fríos días de febrero sin apenas darle a la medicina la oportunidad de un quite postrero, y no te lo quieres creer. Pero llegas a la plaza y te das cuenta que, efectivamente, el asiento de al lado está vacío. Que la gran humanidad del amigo Juan (veinticinco años viendo toros juntos), ya no te acompaña. Que el comentario sabio de quien se ha visto todos los abonos de Sevilla y Valencia, y de cuántas plazas le salían al paso, desde hace más de cincuenta años, se ha ahogado. Y sientes un vacío enorme. Y tratas de recordar las viejas historias que ya comenzaste a vivir cuando estaba entre nosotros su padre, Antonio Vidal, d' Ontinyent, empresario textil que puso en el mercado la célebre marca de mantas VS.
No había torero que trabara amistad con la familia Vidal, que no incluyera en su equipaje un juego de mantas suaves y calentitas. A Juan no le dolía ser generoso. Lo era en grado sumo. La globalización se encargó de que aquel negocio se fuera al traste. Lo que sí retuvieron los Vidal fue mucha bonhomía. Como personas y como aficionados. Jamás un comentario agrio, siempre el halago preciso y medido cuando la cosa tenía enjundia. No era forofo de ninguno, pero sí se le ensanchaba el alma de aficionado cuando en la arena coincidían arte, ciencia y entrega. Últimamente era habitual en los acontecimientos de Barcelona, quizás porque sabía que el maestro de Galapagar le estaba brindando algunos trazos últimos de su arte inmarcesible. Entre lo mucho que ha aportado a la fiesta el amigo Juan, corazón, respeto, sensibilidad y constancia, quizás lo más esencial sea que ha sabido transmitirle la afición a su hijo Juan, para que la saga siga, a mi lado, o al de su madre, Paz Muñoz Valdés, o al de cualquiera que sepa disfrutar de nuestra bendita fiesta.