Los toros se comen. Ningún animal comestible alcanza la edad adulta. Todos son sacrificados antes de que, por ley natural, les llegue su hora. Y van directos a la cazuela. Sus vidas sólo son el prólogo de una buena cena para paladares humanos. Para ese ritual son criados, alimentados y cuidados. Es obsceno, sí, pero hay que recordarlo. El pollo —el famoso pollo del IPC—, la sardina, el cerdo —del que se comen hasta los andares—, la perdiz y la vaca —la madre del toro— son matados sistemáticamente por procedimientos artesanales o industriales para llenar las panzas de los bípedos implumes.
Los toros se comen. De las orejas al rabo. Esto significa que aunque se suprimieran las corridas, el destino de estos animales sería morir por la mano del autodenominado ser racional compuesto de alma y cuerpo. El ciclo vital de los toros, en tal caso, se acortaría, además. Morirían todos, salvo los reservados para sementales, al año de nacer, que es el plazo de engorde para los que no son de lidia; éstos tienen el privilegio de disfrutar de la dehesa tres o cuatro años.
La pregunta es: ¿el debate sobre la continuidad de la lidia se origina en el reflejo, muy humano —tanto como las punzadas del estómago humano que invitan a engullir carne animal— de evitar la crueldad del sacrificio de los toros? Si es así ¿por qué no ampliamos el radar de la piedad? A mí, cuando he asistido a alguna pesquera, me ha espeluznado la prolongada agonía de las merluzas atrapadas en la red que, fuera de su espacio natural, el agua del mar, boquean oxígeno mortal. O las langostas que se exhiben vivas en las peceras de los restaurantes de lujo y que exhalan el último suspiro ya metidas en la olla. La deliciosa pulpa que regalan bajo el duro caparazón nos alivia, sin embargo, de toda alarma de la conciencia.
Porque ¿qué tiene el toro que no tenga la langosta? ¿O que no tengan el pollo, el cabrito o el conejo? Si liberamos una especie, liberemos a todas. Es decir, decretemos el vegatarianismo obligatorio. ¡Ah! ¿pero acaso no sabemos también que las plantas y las frutas son seres vivos? Viven, por tanto, gozan y sufren; sienten. No las arranquemos, no las matemos. Todavía nos quedaría algo con que alimentarnos: huevos y leche, por ejemplo. Pero siempre vendría alguien a advertir que no tenemos derecho a robar a avestruces, gallinas, vacas y cabras.
Depredadores. Vale. Dejemos de ser depredadores. Cambiemos el mundo. Pero ¿hasta dónde será posible sobrevivir alimentándose sin molestar alguna concepción políticamente correcta? Si nos ponemos estrictos llegaremos a la conclusión de que el canibalismo es la solución más sostenible y más respetuosa con el resto de criaturas del planeta. Por cierto, dicen quienes la han probado que la carne humana no sabe nada mal, que es dulce y delicada. La de mi señora, en concreto, es divina, pero hasta ahora no me he atrevido más que a simular el mordisco.
Los toros, a no ser que se prohíba, con las corridas, el consumo de su carne, van a morir igual: en las plazas o en el matadero. Con idéntica crueldad. Por tanto, en el debate sobre la llamada fiesta nacional es seguro que, con excepción de los vegetarianos –aun con la contradicción antes apuntada–, el resto de abolicionistas piensan en otras cosas que no son precisamente salvar al toro de la muerte prematura. El origen de la polémica actual no procede de los protectores de los animales, sino de los nacionalistas que, antes de reparar en los toros, ya retiraron las subvenciones a las fiestas del Rocío de la colonia andaluza en Cataluña y, que se sepa, bailar sevillanas no hace daño a nadie. O sí: tal vez a quien le duela que el flamenco, los toros y los saraos rocieros sean más internacionales, por derecho propio, que sus ensoñaciones folclóricas de barretina. ¿Quién quiere hacer aquí de tonto útil a costa del señuelo ternurista del toro banderilleado?
En fin, los toros se comen. Eso significa que hay que matarlos. Al respecto, es todo.