PEDRO TOLEDANO VALENCIA
Ficha
Casi lleno en tarde húmeda y fría. Toros de Núñez del Cuvillo, terciados y desiguales de presentación, astifinos y de juego desigual. Enrique Ponce (tabaco y oro). Estocada caída. (Oreja) Dos pinchazos. (Silencio.) Sebastián Castella (oliva y oro). Estocada desprendida. (Fuerte petición y bronca al presidente por no concederla.) Pinchazo, media estocada y descabello al tercer golpe. Aviso. (Ovación.) Manzanares (azul pálido y azabache). Estocada fulminante con hemorragia. (Ovación.) Otra gran estocada. (Palmas.) Presidió, con desigual criterio, Juan Moreno. Le negó una oreja a Castella pedida con fuerza . Los toros pesaron 482, 492, 579, 487, 502 y 475.
Era la corrida de ayer una de las más esperadas. Tenía el morbo añadido de lidiarse los toros que suele pedir José Tomás, y con los que éste siempre triunfa. Esa malsana curiosidad crecía al estar en el cartel nuestro Enrique Ponce, que, como saben los aficionados, anda pidiendo un mano a mano con el torero de Galapagar con las cámaras de televisión como testigo, suponemos que en abierto, claro. Después, no sabemos si por faltar JT o porque los toros no dieron más de sí, la tarde se fue consumiendo a medida que crecía el desencanto.
Hasta que saltó a la arena el quinto de la tarde, justo de presentación, alto de agujas, engalladito y con unos pitones tan astifinos como los que lucen las madres que los paren. Y para darle réplica apareció Castella, decidido -se lo dejó crudo en varas-, muy dispuesto al sacrificio que supone pasarse cerca de los muslos tan buidas defensas, y a punto estuvo de firmar una actuación sobresaliente. Le falló el manejo de la espada. Pero hasta que llegó ese momento, el francés hizo vibrar con estrépito los tendidos de la plaza y, cómo no, a un grupo de aficionados que agitaban con claras muestras de orgullo la bandera gala.
La apertura de la faena en el platillo de la plaza, con cambiados escalofriantes por la velocidad a la que se le venía el morito, hacía presagiar una faena en do mayor. También el toreo sobre la derecha tomaba altura y calaba en el personal, que a esas alturas estaba totalmente entregado al toreo de Castella, pero comenzó a fallar el fondo de bravura del toro. Cada vez menos colaborador, cortaba la embestida y el torero tuvo que recurrir al toreo de cercanías para seguir llevando la emoción a los tendidos. Y ahí el toro comenzó a dar claras muestras de no querer más pelea. Era imposible brillar más y recurrió a ponerle punto y final con la espada. No tuvo la suerte que a buen seguro tanto torero como público deseaban. En su primero, Castella, que había estado igualmente motivado y tratando de sacar el poco fondo de bravura que tuvo el pupilo de Núñez del Cuvillo, cuando lo pasaportó de media estocada corta, a pesar de pedir la oreja el público mayoritariamente, el presidente que en el toro anterior sí había accedido a premiar a Ponce con parecidos méritos, se la negó, lo que provocó una sonora bronca. Pero Castella, por su completa actuación, seguro que se fue satisfecho.
Por su parte, Enrique Ponce, que todavía ayer tuvo que recoger regalos después de hacer el paseíllo -con la cantidad de actos que se le han organizado, todavía tenían que molestarlo a punto de tener que dar muerte a dos toros-, supo aprovechar la movilidad del toro que abrió plaza para buscarle las vueltas y lograr un ramillete de derechazos que el público se lo agradeció al dejar una estocada defectuosa de colocación. Después, en el cuarto de la tarde, ejemplar de justa presencia, dejó que el piquero le castigara en exceso. Tanto, que el toro se paró en seguida y no acudió a las repetidas y poco convencidas provocaciones del torero de Chiva. Ahora a esperar la actuación que tiene pendiente en la tarde de mañana domingo.
A manos de Manzanares fueron a parar dos toros que de salida hicieron pensar que podía haber triunfo. Pero el gozo en un pozo. Los dos, bajitos, de justa presentación y juego parejo, o sea, sin demasiadas ganas de seguir los engaños y cuando lo hacían sacaban a relucir más genio que casta, lo que hizo que los intentos del alicantino tuvieran más mérito. Más opciones tuvo en su primero, pero con todo, tan escasas fueron que sólo pudo lucir a retazos y así el lucimiento es imposible. Una pena. Eso sí, Manzanares volvió a mostrar un sensacional estilo estoqueador.