S
i un hombre puede cansarse de Carla Bruni, el Universo no tiene remedio. Por fortuna, la artista se les suele adelantar. Antes que Sarkozy ya pudieron comprobarlo Mick Jagger y Eric Clapton y Donald Trump y... -interrumpa la lista, o el artículo se reducirá a un nomenclátor-. Compartir la vida con la maniquí es una tarea tan absorbente que no deja tiempo para responsabilizarse de una mascota, cuanto menos de un país tan egocéntrico como Francia.
John Updike -es la tercera vez en la historia que aparece en un artículo people- plantea, en Hacia el fin de los tiempos, la peripecia de una pareja que vive la edad mediana como una carrera para sobrevivir al cónyuge. Escalofriante, aunque quizás más frecuente de lo que confesamos. La apuesta por la biología puede ser menos accidentada que los procedimientos divorcistas abreviados. El margen de error de un matrimonio es del 50 por ciento, para cada uno de los cónyuges. En el caso del efervescente Sarkozy, incapaz de mantenerse quieto mientras suena La Marsellesa en los funerales de un gendarme, la probabilidad se dispara por encima de los niveles de certeza.
Una vez que Carla Bruni ha perdido las elecciones regionales, o eso debe pensar su vanidoso marido, la única incógnita es si Sarkozy acabará antes su reinado o su tercer matrimonio. Si un hombre puede anteponer cualquier dignidad política a la modelo italiana, el Universo continúa sin remedio, pero el Obama francés -el primer hijo de inmigrantes que llega al Elíseo- elegirá el poder cada vez que un cónyuge se interponga en su camino.
Los analistas barajan si la vida privada de Sarkozy ha dañado más su presidencia que viceversa. El político francés es el marido ideal, porque siempre está casado. En cuanto Brangelina se extinga por la culminación de su tarea reproductora y adoptadora, llegará el momento de disolver a Sarkuni. En el interín, los mentideros se entretienen calibrando la intensidad emocional entre la cantante y su colega Benjamin Biolay, artista de culto. El presidente departe con una ministra karateka, una relación que deja rastro, y la actividad conjunta de Bruni y Sarkozy se circunscribe a dejar de asistir a los postres con Medvedev, cuando el presidente ruso visita París. Según asegura un experto, la jefatura del Estado es sólo para profesionales.