Conventos

La industria de Dios

Religión. Dijo San Pablo: quien no trabaje que no coma. Y algunas monjas valencianas lo han asumido al pie de la letra. De los 32 conventos de clausura que existen en la diócesis, en media docena se trabaja a destajo. Cerámica, encuadernaciones, hostias, bordados por ordenador, belenes… todo sirve para estas trabajadoras autónomas que luchan por autofinanciarse y no ser, dicen, «parásitos sociales».

 20:24  
Una carmelita descalza del taller de cerámica del convento de Godelleta pega un cuadro realizado en el taller.
Una carmelita descalza del taller de cerámica del convento de Godelleta pega un cuadro realizado en el taller. fernando bustamante

PACO CERDÀ
VALENCIA
­Detrás de los muros y las rejas del monasterio de Nuestra Señora de la Consolación de Xàtiva, fundado en 1520, no todo es paz, silencio y recogimiento espiritual. También se palpa el trajín y las prisas propias de una fábrica. Porque, al fin y al cabo, eso es lo que tienen las 16 hermanas dominicas que habitan el convento: una fábrica de bordados. Primero trabajaban al servicio de varias casas de confección. Pero, como buenas emprendedoras, olieron que el negocio no estaba allí. Así que, primero, se constituyeron en autónomas. Y después, modernizaron el taller y lo convirtieron en una fábrica de bordados diseñados por ordenador. Para ello, la madre superiora, Áurea Sanjuán, se fue a Barcelona a aprender a manejar un programa informático específico. Y a partir de entonces, con dos máquinas de bordar y un ordenador desde el que preparan el diseño, las dominicas de Xàtiva empezaron el bordado de bandas y banderines falleros, complementos para las fiestas de Moros y Cristianos, estandartes de fallas o de cofradías de semana santa o escudos de bandas de música.
El negocio les va bien. Cobran, de media, 12 euros por cada banda fallera, 300 euros por un estandarte y hasta 2.000 euros por un buen escudo de cofradía. «No nos acabamos la faena», admite la superiora del convento. Su autocomplacencia esconde un secreto. «Si esto fuera una empresa, no podría vivir de los bordados. Sin embargo, nosotras no buscamos hacernos ricas ni tenemos grandes pretensiones», explica Áurea.
La única pretensión es que el convento salga adelante como cualquier otra familia. Para ello, las monjas —que han cotizado como autónomas— entregan sus pensiones a una bolsa común. Las ganancias del negocio permiten, además, atender al medio centenar de menesterosos que cada día llama a las puertas del monasterio en busca de comida.
Aunque en el taller de bordado de la Consolación sólo trabajan media docena de hermanas, el resto de monjas no están paradas. Pintan cuadros, encuadernan libros o, como las hermanas Rosa María y Sofía, confeccionan muñecos de fieltro. Las dos, en la sala de labor del convento, confeccionan a mano pequeños San Martín de Porres para colgar en el coche. Fabrican unos 500 frailecitos al año.
Igual que sus hermanas del taller de bordado, Rosa María y Sofía trabajan oficialmente por la mañana, de 9 a 13.30 horas, y dedican la tarde al estudio y la oración, su auténtico oficio y vocación. «Pero si tienes un pedido grande, has de sacrificarte y dejar de estudiar una temporadita para acabar el trabajo a tiempo», reconoce con sinceridad, a sus 74 años, la hermana Rosa María Saborit.

Silencio en el trabajo
También curran, pero entre menos trajín, las carmelitas descalzas del monasterio de Serra. Las doce monjas de este convento elaboran hostias para la eucaristía. El trabajo se hace en cadena: unas preparan la masa, otras la cortan en finas láminas, otras las tamizan, otras separan las defectuosas, otras las pesan y empaquetan… Pero durante todo el proceso «se habla lo mínimo, sólo cuando hay necesidad», explica la abadesa, María Asunción Marco. La regla carmelita ya lo dice: «Meditar día y noche en la ley del Señor». Y poco se apartan de esta norma las hermanas de Serra. «Mientras trabajamos hay silencio y oración. Y meditamos que las formas que nosotros estamos elaborando se consagrarán en la eucaristía y se transformarán en el cuerpo del Señor», añade la priora.
Allí nadie lleva la cuenta del número de hostias que elaboran. El precio sí lo saben: 5 euros por una bolsa con 500 formas. Aunque echan de menos los tiempos en que proliferaban los colegios religiosos y había comunión diaria —más demanda—, ahora no se pueden quejar. Entre sus clientes figura la catedral de Valencia, la iglesia del Patriarca y decenas de parroquias de la diócesis. Sobre el hecho de trabajar, la hermana María Asunción evita grandilocuencias: «La ley del trabajo es para todos y no nos podemos escapar. Nosotras no podemos ser gravosas a los demás porque cada uno se tiene que ganar el pan».
De la misma opinión es la hermana María Teresa, dominica contemplativa del monasterio de Santa Catalina de Siena en Paterna. Con 38 monjas, su comunidad es una de las más nutridas de la diócesis. Media docena de ellas trabaja a diario en el taller de encuadernación del convento. Sólo las que pueden, porque es un trabajo que exige buena vista, agilidad en las manos y una dosis de esfuerzo para manejarse entre guillotinas, bastidores y troqueladoras que escapa a las religiosas más mayores. Encuadernan casi de todo: tesis doctorales, revistas, boletines, libros antiguos…
¿Por qué? «Porque este siglo —explica María Teresa— no puede ser igual que los anteriores para las religiosas de vida contemplativa. Antes vivían de la rentas de sus posesiones. Pero ahora hemos de trabajar para autofinanciarnos. La encuadernación es una fuente de ingresos pequeña, pero ayuda. Y como pobres que somos, hemos de trabajar para ganarnos el pan», indica. Y aún añade algo más cargado de simbolismo: «Que nadie piense que somos parásitos. Estamos aquí para ayudar a la gente, no para que nos ayuden».

Como mínimo, lavar y planchar
Sin embargo, no en todos los monasterios trabajan las monjas. O al menos, no con tanta sofisticación como en estos. Según los datos del arzobispado, en la diócesis de Valencia existen 32 monasterios de clausura que cobijan a más de 35o religiosas. De estos 32 conventos, sólo en media docena se elabora algún producto para su venta. Los otros monasterios —la mayoría con comunidades que no alcanzan la decena de monjas— se financian a través de los donativos de feligreses y las subvenciones del arzobispado. Las religiosas de estos conventos sin trabajo material estandarizado ayudan a lavar y planchar la ropa usada que recoge la Iglesia.
También en el monasterio de Puçol se elaboran hostias y las oblatas de Cristo Sacerdote de Moncada preparan bordados. Pero para hallar en Valencia un negocio monástico diferente hay que viajar hasta Godelleta. En el monasterio del Corazón Eucarístico de Jesús, 16 carmelitas descalzas confeccionan cerámica. La encargada de la tienda, la hermana Pilar de Jesús Fornés, habla con entusiasmo de sus productos diseñados también por ordenador y muestra la tienda del convento, atiborrada de cuadros, cuñas, cirios, belenes, cruces, floreros, juegos de café, placas, escudos y otros detalles a la venta. El abanico de precios también es amplio: desde los 23 euros del cuadro más simple (10 x 20 cm.) hasta los 200 euros que puede costar una Santa Cena de cerámica de grandes dimensiones.
También ellas, como buenas carmelitas descalzas, apenas hablan en el trabajo. De hecho, hacen sus labores en habitaciones individuales separadas entre sí y con la puerta cerrada. «Se habla lo que se necesita, pero nuestra vida es el silencio y estar unidas en Dios hasta en el trabajo», precisa Pilar Fornés. También está sola en el convento de Godelleta la hermana Elisa. Ella no trabaja para el taller de cerámica, sino que borda a mano y a máquina vestimenta para sacerdote (estolas, corporales, purificadores) y manteles para el altar.
En el convento de Godelleta, como en las otras industrias monacales, aseguran que la crisis económica también ha debilitado su negocio. Primero, porque más menesterosos llaman a sus puertas en busca de ayuda. Y segundo, porque venden menos productos que antes. «Es normal: esto no es necesario, es un capricho que se puede evitar», admite Pilar. La crisis les ha hecho mella. Pero con estas religiosas, Zapatero, Bruselas y Wall Street pueden respirar aliviados. No esperan nada de ellos. Su confianza, como dice Pilar, se sitúa algo más arriba: «Hay que confiar en el Señor. Él nos ayudará porque no abandona a nadie».

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